El secreto de los escritores está en rescatar cada rincón enterrado del pasado, banal en muchas ocasiones, casi lúgubre otras, pero emotivas todas, como perfectamente podría definir Luis Landero. Escuchar a Lana Corujo, y esto puede ser spoiler, es aventurarse a una cadencia sinuosa, un deje rítmico, dulce, constante, como una ola en la playa de Famara, como una bofetada de color grafito de cualquier terruño de Guatiza, como una carrera jadeante, sahariana, oceánica, con dos ojos, dos hermanas, dos vidas, dos conexiones obligadas, la escritora y la lectora, y un único y místico volcán.

Cada frase de Lana es un salmo ilustrativo, un grafiti repleto de desventuras actuales. Una barca despeluchada, con madera podrida, con zarpazos de ida y vuelta, de ínsulas saramagianas y penínsulas con la centrifugadora puesta. Y en un lavado, una colada de vuelta a tierras del pasado. Ahí nace Totoro, ese recuerdo, esas dos hermanas, ese duelo entre la vida y la muerte, ese rincón enterrado del pasado, que nos hace sonreír y llorar al mismo tiempo…han cantado bingo.

Cada capítulo de la novela está encabezado por una cifra. No es un número cualquiera: es la edad de la protagonista en ese momento de la historia. Una decisión formal que, además de ordenar el relato, funciona como una invitación silenciosa al lector para recorrer junto a ella las distintas etapas de una vida marcada por la familia, la identidad, la memoria y el paisaje. Quizá ahí resida parte de la fuerza de una novela que ha encontrado lectores de manera casi orgánica, impulsada más por el boca a boca que por las campañas de promoción. Hace apenas dos años, Lana Corujo escribía una novela sin expectativas, impulsada únicamente por una imagen que no lograba sacarse de la cabeza: un volcán con ojos y dos niñas jugando a su alrededor. Hoy, aquella historia se ha convertido en uno de los fenómenos literarios más comentados surgidos desde Canarias. Sin embargo, lejos de dejarse arrastrar por el ruido mediático, la escritora e ilustradora lanzaroteña afronta este momento con cautela, acompañada de su familia y amigos. En esta conversación habla del éxito inesperado, de su reconciliación con la isla que le vio nacer, de la escritura como espacio de libertad y del miedo que le produce convertirse en un personaje público.

Han pasado poco más de un año desde la publicación de la novela. ¿Qué sensación te deja este recorrido?

Ha sido completamente inesperado. Cuando escribí el libro no tenía ninguna pretensión de que ocurriera nada de esto. Tampoco creo que exista una fórmula mágica para que sucedan ciertas cosas. Como no esperaba nada, todo lo que ha venido después se ha convertido en un regalo. También ha sido una experiencia de aprendizaje. De repente estás muy expuesta y eso no es algo que me resulte natural. Soy una persona bastante temerosa de la exposición pública, así que he tenido que aprender a disfrutarlo y, al mismo tiempo, a cuidarme.

Disfrutar y cuidarse…¿Cómo se gestiona algo así?

Lo primero que hice fue volver al psicólogo. Es una persona que me ha acompañado en otros momentos importantes de mi vida. Cuando le llamé le dije que venía por una razón buena, porque parece que siempre se acude al psicólogo cuando las cosas van mal, y no tiene por qué ser así. También las cosas buenas pueden ser difíciles de gestionar. Tener a tanta gente pendiente de lo que haces da vértigo. Por eso intento recordarme constantemente que esto es una etapa, algo que empieza y termina, no una condición permanente.

¿Te preocupa especialmente la fama?

Sí. Lo que más miedo me da es la sobreexposición. Intento cuidar mucho hasta dónde quiero llegar y qué parte de mí estoy dispuesta a mostrar. El libro ya tiene vida propia y eso es inevitable, pero respecto a mi faceta pública intento mantener ciertos límites. No quiero convertirme en un personaje público. Quiero seguir siendo la misma persona que era antes de que todo esto ocurriera.

Pregunta obligada Lana…¿Cómo nace Han cantado bingo?

Nace de una imagen muy sencilla: un volcán con ojos y dos niñas jugando con él. No sabía quiénes eran esas niñas ni qué historia había detrás. Lo único que tenía era esa imagen rondándome la cabeza. La escritura fue una excavación. Soy una escritora que rara vez sabe exactamente hacia dónde va. Es el propio proceso el que me va dando pistas. Y eso es precisamente lo que más me gusta de escribir.

¿Te sientes orgullosa del resultado?

Muchísimo. Y me cuesta decirlo porque no suelo hablarme de manera especialmente amable. Estoy orgullosa de la novela, pero sobre todo del proceso. De haberme permitido escribir con absoluta libertad, sin expectativas y sin pensar en cómo iba a ser recibida. Creo que eso se nota en el libro y es, probablemente, lo más honesto que he hecho.

Una parte importante de la novela parece atravesada por la relación con Lanzarote.

Sin duda. Creo que muchas veces necesitamos alejarnos de los lugares para poder entenderlos. Cuando me fui a Madrid empecé a echar de menos cosas que antes daba por hechas. También empecé a buscar referentes culturales canarios que no habían formado parte de mi adolescencia. Ahí descubrí a autores como Agustín Espinosa y encontré nuevas maneras de mirar la isla.

«El libro ya tiene vida propia y eso es inevitable, pero respecto a mi faceta pública intento mantener ciertos límites. No quiero convertirme en un personaje público»

¿Hubo una reconciliación con Lanzarote?

Sí. Durante mucho tiempo intenté responder a una pregunta demasiado simple: si me gustaba o no me gustaba Lanzarote. Con el tiempo entendí que la isla podía ser varias cosas a la vez. Podía ser un límite y también una oportunidad. Esa mirada más compleja fue mi reconciliación con ella.

…además hubo un momento vital importante: el regreso…

…Mis padres siempre fueron muy claros. Nos pagaban los estudios a mi hermana y a mí, pero después teníamos que buscarnos la vida. Yo no quería volver a Lanzarote. Trabajé de todo para quedarme fuera. Pasé por distintos empleos hasta terminar en una agencia de publicidad en Madrid. Cuando por fin conseguí cierta estabilidad, me di cuenta de que estaba sobreviviendo, pero no era feliz. Entonces apareció una imagen que no me dejaba en paz: volver a casa de mi madre. Y eso me obligó a replantearme muchas cosas.

La isla aparece casi como un personaje. ¿Lo sentías así mientras escribías?

En cierta medida puede ser. Aunque tampoco quería convertirla en una postal ni en una representación idealizada. Me interesaba una Lanzarote contradictoria, compleja, capaz de ser muchas cosas a la vez. La isla condiciona la vida de quienes la habitan. Determina distancias, posibilidades, relaciones e incluso imaginarios. Era inevitable que tuviera una presencia tan fuerte en la novela porque también la ha tenido en mi vida. A veces los lugares muy visitados terminan convertidos en imágenes fijas. Se habla de los paisajes, de la belleza, de los volcanes, pero menos de las personas que viven allí. A mí me interesaba hablar de las contradicciones, de los afectos, de las frustraciones, de las familias, de la sensación de crecer en un territorio concreto. No quería escribir contra la postal. Simplemente quería ampliarla.

El libro también destaca por una estructura muy singular.

Me interesa muchísimo la arquitectura de los libros. Utilizaba colores, esquemas y números para controlar ritmos, repeticiones o equilibrios entre capítulos. Hay personas a las que esa parte les resulta tediosa, pero a mí me fascina. Era como ver los cimientos de una casa mientras la construyes.

Y cada capítulo está identificado con una edad concreta, imaginamos una retahíla de post-it de distintos colores para cada personaje ¿Cómo surgió esa decisión?

Yo necesitaba una estructura que me ayudara a entender el crecimiento de la protagonista. Como soy una persona muy visual, los números terminaron convirtiéndose en una especie de mapa. Cada edad tenía un peso emocional distinto, una forma diferente de mirar el mundo y de relacionarse con el paisaje, con la familia o con la propia identidad. También me interesaba la idea de que el lector pudiera situarse rápidamente en una etapa vital concreta. Todos hemos tenido siete años, doce, dieciocho o treinta. Hay algo muy universal en esa referencia temporal. Me gustaba pensar que cada cifra podía activar recuerdos propios de quien estuviera leyendo. Además, a nivel formal, me permitía jugar con el ritmo. Ver la novela casi como una arquitectura. Los números, los colores, las distancias entre capítulos… todo eso formaba parte de la construcción del libro.

«A mí me interesaba hablar de las contradicciones, de los afectos, de las frustraciones, de las familias, de la sensación de crecer en un territorio concreto. No quería escribir contra la postal. Simplemente quería ampliarla.»

La relación entre hermanas ocupa un lugar central en la historia. ¿Por qué te interesaba explorar ese vínculo?

Porque me parece una relación muy compleja y muy poco explorada en comparación con otras. Hay una intimidad muy particular entre hermanas. Compartes una infancia, unos códigos, unos recuerdos y una forma de mirar el mundo que a veces no vuelves a encontrar con nadie más.

En mi caso había una imagen que me acompañaba desde hacía años. Cuando éramos pequeñas, mi hermana y yo dormíamos en la misma habitación y, por las noches, tocábamos las paredes. Era una forma de comprobar que la otra estaba ahí. Cuando recuperé ese recuerdo entendí que la novela tenía que hablar también de ese vínculo. De cómo dos personas pueden crecer juntas y, aun así, vivir experiencias completamente distintas.

Ya nos dejaba entrever David Uclés, y estaba en el preludio de la eclosión de La Península de las casas vacías, del extraño peso que acarrea una explosión tan vertiginosa en tan poco tiempo ¿Crees que hoy es más difícil ser escritor que escribir?

A veces sí. La escritura ocupa una parte del trabajo, pero alrededor hay muchas otras cosas: promoción, presencia en redes, entrevistas, visibilidad…Entiendo que forman parte del ecosistema actual, pero también creo que pueden resultar agotadoras. Yo me siento mucho más cómoda trabajando en silencio que exponiéndome constantemente. Por eso intento proteger esos espacios donde todavía puedo crear sin pensar en cómo va a ser recibido lo que estoy haciendo.

Andrea Abreu, Elena Correa, Aida González Rossi, Lana Corujo ¿Qué está pasando con las escritoras canarias? ¿Estamos ante una nueva generación insular?

No me atrevería a decirlo así porque me da miedo dejar fuera muchas voces. Creo que toda cultura está viva y responde a su tiempo. Yo me siento una consecuencia de quienes estuvieron antes. Del mismo modo que yo leí a autores anteriores, espero que quienes vengan después encuentren también referentes en nuestra generación.

Y de las generaciones anteriores, ¿Qué libros te habría gustado leer cuando eras adolescente en Lanzarote?

Me habría gustado encontrar más voces cercanas. Más historias donde pudiera reconocer paisajes, formas de hablar o experiencias que me resultaran familiares. No porque crea que solo debamos leer lo que se parece a nosotros, sino porque descubrir que tu realidad también merece ser contada es algo muy poderoso cuando eres joven. A veces necesitamos vernos reflejados para entender que nuestra experiencia también tiene valor literario.

«Creo que toda cultura está viva y responde a su tiempo. Yo me siento una consecuencia de quienes estuvieron antes.»

Lana, los periodistas somos muy pesados, muy maniqueos en nuestras estructuras, muy de titular potente, pero supongo que es algo necesario para arrimar al lector a tu libro…¿Cómo llevas la relación con los medios y las redes sociales?

Con la prensa muy bien. Lo más repetido suele ser la pregunta sobre cuánto hay de autobiográfico en la novela, pero forma parte del juego. Lo que peor llevo son las redes sociales. Me cuesta muchísimo esa lógica de exposición constante. Hacer vídeos, reels o estar siempre presente es algo que me genera bastante incomodidad.

 Has trabajado en publicidad. ¿Habrías sabido vender tu propio libro?

No. Estoy convencida de que si hubiera dependido de mí no habría vendido ni un ejemplar. Además, lo bonito de esta historia es que el éxito llegó por el boca a boca. La editorial tampoco realizó una gran inversión en promoción. De hecho, durante los primeros meses las ventas fueron discretas y me tranquilizaban diciéndome que era normal para una primera novela. Lo que ocurrió después fue una respuesta genuina de los lectores. Y eso tiene algo muy emocionante.

Ahora te encuentras recorriendo muchos lugares para presentar la novela, como en esta Feria del Libro de Badajoz. Una especie de piroclasto literario que quizás descontrole tu propio universo, tu magma diario… ¿Cómo vives esa parte?

Con agradecimiento. También con cierto cansancio, porque moverse entre islas no siempre es sencillo, pero siento que estos encuentros son una oportunidad para devolver algo de todo lo que los lectores me han dado. Al final, yo solo escribí una novela. Son ellos quienes han hecho posible que tenga esta vida tan bonita.

Hablas de un recorrido bello, supongo que el arte hace más fácil esta parte ¿Qué papel juegan otras disciplinas artísticas en tu escritura?

Fundamental. Escucho música, veo pintura, ilustración, cine… Soy una persona muy visual. Hay canciones que me acompañaron durante la escritura de determinados capítulos porque me ayudaban a entrar en un estado emocional concreto. También creo que es importante dejarse contaminar por otras obras. No copiar, sino permitir que el trabajo de otros artistas te atraviese y te haga nuevas preguntas.

Studio Ghibi, Premio Primcesa de Asturias de Comunicación y humanidades, sabemos de tu pasión por el cine de Miyazaki…

…Recuerdo mucho Mi vecino Totoro. La vi en el cine de verano de mi pueblo y me emocionó profundamente. Lo curioso fue que, mientras yo estaba llorando, una señora sentada a mi lado dijo al terminar: “Vaya mierda de película”. Aquello me tranquilizó muchísimo. Entendí que dos personas pueden vivir experiencias completamente distintas frente a una misma obra. Y que eso también es el arte. No existe una respuesta universal ni una creación capaz de conmover a todo el mundo.

 

Lana Corujo habla del éxito con la misma cautela con la que escribe: sin fórmulas, sin certezas y sin dejarse arrastrar por el ruido. Mientras su novela sigue encontrando lectores, ella insiste en regresar una y otra vez al lugar donde todo empezó: el juego, la curiosidad y la libertad creativa. Quizá por eso su historia conecta con tantas personas. Porque, en medio de una época obsesionada con la visibilidad inmediata, Corujo reivindica algo mucho más raro: la honestidad de quien escribió sin esperar nada y terminó encontrándolo todo.

 

Willy López / Félix Méndez

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