[Sintonía de trompetas, un suave crujido de vinilo y un locutor con voz engolada]
LOCUTOR (voz grave, teatral, estilo 1935 aprox.):
¡Muy buenas noches, señoras y señores del éter, románticos del transistor, soñadores de frecuencia modulada! Les habla su humilde servidor desde un rincón mágico de Extremadura —esa tierra donde los atardeceres son más largos que un viaje en tren por estas tierras.
(Se escucha un silbido de locomotora a lo lejos, un traqueteo suave y… silencio. La aguja salta del vinilo).
Pero no importa, porque la radio sí llega. Llega siempre. Llega a los pueblos, a las plazas, a los bares donde aún se pide café y conversación. Llega incluso a los corazones distraídos que, sin saberlo, todavía escuchan. De Badajoz a Buenos Aires, de Cáceres a Saturno.
(Se oye el sonido cálido de una válvula encendiendo un viejo micrófono).
Y hoy, desde esta tierra de encinas, de cielo inmenso y de risas lentas, celebrábamos un siglo de radio española. Años de historias, de noticias, de voces que se colaron por las rendijas de las cocinas, de seriales que hicieron llorar a nuestras abuelas y de locutores que pronunciaban la “r” como si les fuera la vida en ello.
(Suena “La colegiala” de Carmelita Aubert, luego una ráfaga de “morse”, aplausos de estudio).
Y hoy, en esta velada tan especial, celebrando un siglo de radio (algo menos en la Cadena SER), tenemos con nosotros a un invitado que podría hacer reír hasta a una piedra de granito extremeño: Un caballero del humor elegante, del absurdo inteligente y de la nostalgia sonora: ¡don Juan Carlos Ortega!
(Música ligera de fondo. Aplausos enlatados. El locutor baja el tono)
LOCUTOR:
Dicen que la radio es como una hoguera alrededor de la cual nos sentamos todos a escuchar historias. Escuchar, oír, acompañar, viajar, imaginar. Y hoy, junto a Juan Carlos, vamos a encender esa hoguera para hablar del pasado, del presente… y de esos programas que se graban desde casa mientras el mundo gira sin que nadie lo note.
(Se oye un redoble de batería estilo jazz, luego un “clic” de cinta que arranca. Una tos lejana de técnico, el crujido de una silla, una risita fuera de micro).
Juan Carlos, bienvenido a Extremadura, que parece estar fuera del mapa ferroviario pero dentro del corazón sonoro de la radio.
JUAN CARLOS ORTEGA (…con humor):
(Ríe) Es un honor estar aquí. Lo bueno de que el tren no llegue nunca es que tampoco te puedes ir, así que la entrevista puede durar horas. Además, Extremadura tiene algo muy de radio: silencio, espacio y voces que suenan de verdad.
(Se funde con la primera pregunta de la entrevista a Ortega.)
Noventa años de la SER… casi nada. ¿Qué te pasa por la cabeza cuando piensas en eso?
Pues me pasa que me parece precioso. Mira, el Palacio de Congresos, donde estamos celebrando esto, fue una plaza de toros y un sitio con mucha historia. Que ahora sea un centro cultural y estemos aquí hablando de radio… es casi poético. La SER ha sido una banda sonora de este país, pero también de mi casa.
¿En tu casa también sonaba la radio desde pequeño?
¡Siempre! La radio estaba encendida desde que tengo memoria. Y ahí sigue, fuerte, como una vieja amiga que no se va.
Pero dices en un momento que cada vez te gusta menos la radio… ¿eso cómo se come?
(Ríe) Ya, ya, suena fatal decirlo aquí. A ver, lo que me pasa es que echo de menos el misterio. Antes ponías la radio y era lo único que había. No tenías otra cosa. Ahora, entre YouTube, los podcasts y el scroll infinito, la magia se ha dispersado. Pero también es bonito: los podcasts han traído a mucha gente joven de vuelta al sonido.
¿Recuerdas tu primer contacto profesional con la radio?
Claro, ¡cómo olvidarlo! Tenía 18 años. Mi primer trabajo fue en Radio Nacional, en un programa que se llamaba La Bisagra, de Xavi Sardà. Yo era “el que llamaba a los invitados” (ríe). Luego fui guionista, productor… hasta que empecé a hacer mis propias locuras.
La radio estaba encendida desde que tengo memoria. Y ahí sigue, fuerte, como una vieja amiga que no se va
Y sigues haciéndolas. ¿Cómo grabas tus programas ahora?
Desde casa, como más me gusta. Me pongo los cascos, cierro la puerta y me invento todo. Media hora de cosas dichas por gente que solo existe en mi cabeza. Es mi manera de controlar el caos: mis personajes dicen lo que yo quiero que digan.
Eso suena a placer absoluto. ¿Te sigues riendo mientras grabas?
A veces sí, a veces me cabreo conmigo mismo. (Ríe) Pero el humor es eso, un arte raro. No todo lo que hace reír es humor, igual que no todo lo que hace llorar es tragedia. Para mí, el humor está más cerca de la poesía. Me gusta el humor que es agresivo con los temas, no con las personas.
Has dicho que tu sueño es acabar en una casa en la montaña, haciendo podcasts…
…¡Sí! Ese es mi plan maestro. Una cabaña, una chica, un micro y el silencio. Y que los oyentes, en lugar de pagar una suscripción, me suban una bolsa de la compra. (Ríe) Ese sería mi plan perfecto.
En tus programas se nota mucho la influencia de la radio clásica. ¿Por qué te gusta tanto rescatar esos sonidos antiguos?
Porque son mi infancia. Yo crecí escuchando esa radio, esas voces, esos efectos de otro tiempo. No es que crea que antes fuera mejor, es simplemente lo primero que escuché, mi molde sonoro. Estoy seguro de que, dentro de 30 años, los jóvenes harán parodias de los sonidos de YouTube. Cada uno parodia su origen.
Es mi manera de controlar el caos: mis personajes dicen lo que yo quiero que digan
¿Y cómo ves la radio actual en comparación con esa de tus recuerdos?
La radio española sigue siendo muy potente, aunque haya cambiado todo. Quizás ahora la radio “de dial” me emocione menos, pero la radio en sentido amplio —podcasts, ficciones, experimentos sonoros— me sigue fascinando. La radio sigue viva, aunque haya cambiado de cuerpo.
¿Qué significa la radio para ti hoy, en estos más de cien años?
Significa casa. Significa infancia, risas, ecos, voces de madrugada. Significa compañía. Aunque la escuche menos, sigue ahí. Siempre está ahí. Como una vieja amiga que, cuando la enciendes, te dice: “hola, te estaba esperando”.
Quisiera hablar de Crónicas Marcianas, aquel programa mítico. ¿Qué significó para ti y qué recuerdas especialmente de trabajar con Xavier Sardá?
Ufff, Crónicas Marcianas fue como subirse a un cohete sin cinturón: pura adrenalina. Yo hice sketches, imitaciones, personajes como “el señor Mirindo”… era espacio de riesgo, de pasarse de la raya, de improvisar, de romper lo que la tele «de día» no se atrevería nunca a hacer. Trabajar con Sardá era un reto constante: humor, provocación, entrevistas surrealistas… lo mejor de todo era que no sabías qué podía pasar en cada programa. Era vivir al borde, con ganas de sorprender, de hacer reír, de que lo políticamente correcto diera un respingo. Eso me formó mucho, ahora lo valoro aún más.
En tu momento actual, con Las noches de Ortega, Transmite La SER y demás, ¿cómo ves que ha evolucionado tu humor? ¿Ha cambiado lo que te atreves a decir o los temas que eliges?
Sí, ha cambiado, claro, como cambian todos: el público, los medios, lo que te molesta, lo que te emociona. Ahora siento que tengo menos filtros autoimpuestos; me he quitado el miedo a molestar. Pero también he aprendido que molestar no es lo mismo que herir. El humor sigue siendo para mí una herramienta de reflexión, no solo de entretenimiento. A veces hablo de cosas que antes habría evitado, pero lo hago con cuidado, con intención. Además, llevar el show al teatro con «Las noches de Ortega», recorrer España, ver reír a gente de lugares muy diversos… eso te enseña qué conecta, qué toca, qué debes matizar.
Hablando de temas que tocas ahora, ¿cuáles crees que son los límites del humor hoy en día? ¿Existen? ¿Dónde los pones tú?
Mira, yo creo que el humor puede abordar cualquier tema, pero eso no significa que todo valga igual. Hay “cómo se cuenta” que marca la diferencia. No me gusta el humor que daña gratuitamente a una persona concreta, que humilla sin propósito, que busca aplauso fácil del consenso hipócrita. Eso me espanta. El límite, para mí, está en la maldad: cuando lo que haces deja de ser crítica o juego y pasa a ser ataque.
Háblame de La mitad invisible: ¿cómo surgió, ¿qué buscaba este programa y alguna anécdota que recuerdes de esos capítulos que te marcaban?
La mitad invisible nació en 2009 en La 2 de RTVE, con la idea de mirar más allá de lo visible en el arte, descubrir “la otra mitad” de cada obra —lo que no se ve, lo que se pasa por alto, lo que da sentido al todo. El formato combinaba muchas cosas: entrevistas con expertos, visitas al lugar donde se creó la obra, revisión de archivos, análisis técnico (como cuando usamos radiología para ver las correcciones que hizo Velázquez en Las Meninas)… quería que gente que no está acostumbrada al arte se enganchase, que sintieran la curiosidad.
He aprendido que molestar no es lo mismo que herir. El humor sigue siendo para mí una herramienta de reflexión, no solo de entretenimiento.
¿Alguna vez pasó algo inesperado grabando un episodio? Alguna escena, algún detalle que se te haya quedado grabado.
Sí, un montón. Una que siempre me viene a la cabeza es lo del episodio dedicado a Miguel Gila, con su famoso monólogo de la guerra. Yo confesaba que al principio ese humor no me hacía gracia —cosa osada en alguien que admira tanto el humor—, pero al profundizar en su vida, su experiencia, escuchar a gente como Forges o Javier Cansado, conocer el contexto histórico… pasé de la distancia a emocionarme.
Otro momento que me marcó: cuando tratamos El entierro del señor de Orgaz de El Greco. Estábamos en Toledo, visitando los lugares reales implicados, hablando con historiadores, intentando averiguar quién era en verdad el Señor de Orgaz, cuáles las leyendas, qué intención simbólica puso El Greco … te encuentras vivo dentro de la obra.
Willy López / Félix Méndez
















