Rodrigo, atusando cabellos, cabalga por la playa del Paseo San Francisco, Rodrigo viento en popa, desgaja libros que no sean de Random House, arrancando desaforado, hojas sin verbolario, a lo Fanjul, respetando únicamente la novela de Los Asquerosos de Santiago Lorenzo, por la dureza del tomo, más que por la trama antidisturbios. Tipo atractivo, el Rodrigo, en sus facciones y en su verborrea. Rodrigo, escapado, enterrado, abogaaaado, que susurraba Robert de Niro a Nick Nolte, concursado, todopoderoso del cine, el cuento y la tierra, telúrico, pero la tercera acepción; perteneciente o relativo al telurismo, es decir, la influencia del suelo de una comarca sobre los habitantes. Así anda Cortés, cantando “o tren” de Andrés do Barro, por eso de las magnánimas conexiones ferroviarias con tierras del suroeste del país, o tren que me leva pola beira do Miño, me leva e me leva polo meu camino, o tren vai andando pasiño a pasiño, e vaime levando cara o meu destiño. Alguien de entre la cola para su firma de libros, le hace el gesto, de corta, índice y dedo medio simulando unas tijeras, Rodrigo, listo como El niño sobre fondo azul radiante, deja de cantar, y no por que lo hiciera mal, que, analizado con pausa, bien se merece o un Grammy o una buena bofetada, listo como el señor Silla, serpentea entre las páginas 3 y 5 de su libro más impar, más Cunqueiro, más Nathaniel Hawthorne, el más partenopeo, el más telúrico, ¿Te llamás?…Ponme tú el nombre que quieras, Rodrigo de mi vida…Gracias Señor Lector por hacer una fila de mil pares y dejarte casi 20 euros en mis cuentitos, eternamente Rodrigo Cortés, garabato rápido y soutinesco. Asombro y aplausos de toda la cola. El siguiente.
Llueven libros, incunables y autoediciones baratas, son las 21:00, y como todas las tardes noches, chuzos de libros con erratas a kilos, dos señoras reciben dos paginazos del Manual práctico para el consumo de estupefacientes de botica, una tercera edición, ahora encartada en el cráneo de mujeres adultas, la mala suerte se ceba con los niños de la carpa infantil de lectura, cinco máquinas Enigna, pero los modelos comerciales y baratos de la Guerra Civil, caen sin descifrar código alguno sobre qué es leer. Rodrigo que se dirigía a su conferencia, y quitándose un Enfermo imaginario de Molière de la cabeza, grita desconsolado: ¡Leer, 1. Aprender a escribir. 2. Caminar en el sitio. 3. Pasearse por la casa de otro y colgar en cada pared una foto propia!
Rodrigo, se deja hacer fotos, se deja entrevistar, se deja hacer alguna última pregunta, al lado un cowboy del periodismo, disfrazado de Greta Garbo, ninotchkea estoico ante el aluvión de un público repleto de celebérrimas escritoras, de magos prestidigitadores de la formulación de preguntas lisérgicas, toda una caterva del otro Rodrigo, del que escuchan en los podcast, del que se deja engatusar por el defecto de nuestros ojitos, un parpadeo con hándicap de a 24 fotogramas por segundos, del que escribe, que no es él, que es el diablo que pregunta por los emparedados de queso blanco, que se fríen en sartén tras rebozarlos en huevo.
Rodrigo, asiste, con el sonido de fondo, de la olas batir contra las piedras del mar sobre los Carrefour del este de la ciudad de Badajoz, a un aquelarre literario, que ríete tú de Milagro en Milán, una cualquiera de Wes Anderson o todas de José Luis Cuerda. Rodrigo, atusando cabellos, sonrisa bonita de las buenas, escribe y reescribe, olvidando a García Márquez, entra en fuera de juego con el realismo mágico, el VAR, rectifica y da por válido lo que Garci dice de él, es lo mejorcito que tenemos, de lo más particular, como su literatura: una inmersión sin bombona de oxígeno a cien metros del vals de la olas de arriba, las que bailan con los barcos y editoriales a la deriva, rodeado de ballenas con auriculares, escuchando narraciones cortas, breves, exiguas, enanas, textos con sólo el título, y esa maldita cabezonería de narrar lo cotidiano como Rodrigo Cortés lo hace, o el buen diablo que escribe por él.
Willy López / Félix Méndez













