Físicamente, oscila entre un Curro Jiménez del Pirineo francés y un Peter Pan peruano. Una mezcla de Passe-Partout al estilo Phileas Fogg, una mezcla de vagabundo celestial a lo Kerouac y cantante de protesta a lo Woody Guthrie. Manu Chao, exlíder de Mano Negra, la gloria del indie rock francés de los 80, se ha convertido en una especie de juglar internacional, un esquivo artista guerrillero, un Tintín latino que se burla del gran y malvado mundo del espectáculo y de todo aquello que pretende abonar con mala mierda a nuestro planeta.
Hace años, el éxito inesperado de su álbum en solitario, Clandestino, un diario de viajes sonoro improvisado entre dos antros brasileños y una esquina mexicana, lo convirtió, a su pesar, en el campeón de una rebelión musical humanista y tercermundista. Más bien un ciudadano del mundo armado con una guitarra. Este hijo de Chuck Berry y Maradona, nacido en Sèvres hace sesenta y cuatro años en una familia franco-española, siempre ha tenido gusto por la jarana y los viajes a tierras perdidas.
Con sus primeras bandas, los Hot Pants y luego Los Carayos, ya demostraba un apetito voraz por las mezclas sonoras picantes y una predilección por la fiesta desenfrenada. Fan de The Clash y de los sonidos harapientos del mundo, nuestro pequeño hombre mezclaba con alegría rock, salsa, raï, reggae, rap, java y ska. Un cóctel explosivo llamado «patchanka», que popularizó en 1987, al frente de una tribu de campesinos romanos que parecían salidos directamente de la casa de Médrano: la Mano Negra. «Es musette eléctrica, con letras apaches y espíritu de chorizo», afirmó entonces. También tenía una costumbre inquebrantable: la inquietud. Sobre el escenario, se decía de sus conciertos que hasta los periodistas bailaban con ellos…, estos fiesteros, feroces y trabajadores, practicaban ballets sioux y zambullidas en las salas de conciertos, con balones de fútbol, saltos de carpa y triples volteretas.
Los gitanos de Mano Negra mostraron una insolente propensión a ignorar cualquier norma de la industria discográfica, organizando autogiros en los llamados barrios marginales o pasando un mes en los garitos de Pigalle. En 1992, incluso se les vio subiendo a un viejo carguero reformado para festejar, junto con la compañía de teatro callejero Royal de Luxe y los bailarines de Philippe Decouflé, en siete puertos sudamericanos, entre Río y La Habana. Al año siguiente, viajaron a Colombia, encaramados en un viejo y oxidado tren en las montañas, con guitarras, teclados, equipo de sonido y todos los artilugios necesarios para armar un alboroto. Un viaje que el padre de Manu, el periodista y escritor Ramón Chao, relató en un libro titulado Un train de glace et de feu (Un tren de hielo y fuego, publicado por de la Différence). El mismo padre quien se dejó, para bien de la comunidad musical, aconsejar por Alejo Carpentier para que su hijo fluyera con el ritmo. Tras cinco álbumes coloridos y muchas peregrinaciones arriesgadas, la Negra, desgastada, finalmente se retiró en 1994. «La vida en grupo agotó a más de uno», confió un Chao que ni siquiera se quemó. «Ser parte de la Mano significaba renunciar a todas las demás actividades, incluso a la vida privada…».
Y nuestro Manu, hace tiempo en solitario, retomó su vida de mochilero con una cartera llena de semicorcheas, guitarra y grabadora al hombro, alimentándose de encuentros amistosos y conciertos improvisados, paseando por Caracas, deambulando por Bogotá, cantando sus cancioncitas en Buenos Aires: «Soy un adicto a los viajes, no puedo quedarme en un solo lugar más de tres meses. En Latinoamérica me llaman «el Desaparecido», porque en cuanto llego, desaparezco…»
De ese bicho del Pigalle, lleno de prostitución y absenta a su Feira das Mentiras en Santiago de Compostela en el 1998, donde lo conocí, repleto de colegas de camino, de tipos que amamos y ya no están, esa aventura gallega con tintes de frontera, como el de esta tierra extremeña, una fiesta donde su país ganaba el Mundial mientras se jugaba la final del torneo de futbolín del Circo montado por Chao. Por allí andaban su Amparito, los Siniestro Total, ya sin Coppini ni con Miguel Costas, Mau Mau, Sargento García o Dusmingüet. Por entonces, aún era libre, o al menos eso pretendía, pero hay que comer, y fiel a su estilo, mantuvo y mantiene, su cancionero de calle, su vida de calle, su sonar de calle, todo un radiocasete andante con miles de canciones críticas, alegres y populares. Badajoz, fue su última plaza, su última rola de momento. Ya queda poco de esta música, de esta generación a lo Django Reinhardt, que tiene como objetivo sobrevivir donando medio millón de estribillos excavados del cancionero del mundo.
Willy López / Félix Méndez
Manu Chao volvió a desplegar en Badajoz todo el poder de su música sin fronteras, con la vitalidad de siempre, el mismo carisma arrollador y un repertorio que convertido el recinto de la alcazaba en una fiesta sin tregua.
El artista presentaba en Badajoz su propuesta más personal, en formato acústico, sin perder un ápice de intensidad. Durante el show fue enlazando tema tras tema en una actuación sin pausas, acompañado de una formación mínima pero muy eficaz: guitarra de apoyo, percusión y, en algunos momentos, vientos que aportaron matices festivos y cálidos a un repertorio que viajó por sus clásicos y por los temas de su reciente trabajo ‘Viva tú’.
Desde los primeros compases, la conexión con el público fue absoluta. ‘Clandestino’, ‘Me gustas tú’, ‘La Vida Tómbola’, ‘King of the Bongo’… Cada canción era coreada, celebrada y vivida como si fuera la primera vez. Sentado en su taburete, sin necesidad de grandes artificios, Manu Chao movía los brazos, arengaba al público, sonreía sin parar y conseguía que el tiempo se detuviera durante la noche más esperada del festival. Hubo repeticiones, improvisaciones, versiones reinventadas… pero nadie parecía querer que se apagara la música. Al cierre, el público respondió con una ovación rotunda, consciente de haber asistido a una de las citas más memorables del verano musical pacense.















