RAE.

1. nombre masculino y femenino. Persona que carga junto a otras un paso de una procesión.

Contexto. Semana Santa

Ubicación. Pongamos una ciudad extremeña, como por ejemplo, Badajoz.

Evento. Fiesta de Interés Turístico Internacional

Costaleros.  Manual para entender lo que se vive bajo el peso de la fe.

Nombre familiar y poético. «Ciempiés de Dios»

“Comprender no quiere decir penetrar en la intimidad del pensamiento ajeno, sino tan sólo traducir en el propio pensamiento, en la propia verdad, la sotarreña experiencia en que se funde la vida propia y ajena”.
― Miguel de Unamuno, San Manuel Bueno, mártir. 

  1. No mirar arriba.
    Arriba está la imagen, la plata, las flores, el palio meciéndose como si no pesara. Arriba está lo que todos fotografían.
    Aquí abajo no. Aquí abajo se viene a otra cosa.
  2. Aceptar el peso.
    No se negocia. Llega de golpe en la primera levantá y se queda contigo hasta el final. No es solo madera, ni hierro, ni historia acumulada. Es también lo que otros depositan sin saberlo: promesas, duelos, agradecimientos.
    “Hay días en que no puedes más… y sigues”, diría cualquiera sin necesidad de firmarlo.
  3. Olvidar el nombre.
    Bajo la trabajadera no hay biografías. Hay sitio. Hay hombro. Hay relevo.
    Da igual quién seas fuera. Aquí importa si entras a compás.
  4. Vestirse para desaparecer.
    El costal no es estética: es frontera. Se dobla, se ajusta, se convierte en refugio y en castigo.
    La faja aprieta hasta ordenar el cuerpo. Zapatillas gastadas. Ropa que no estorbe.
    No hay uniforme oficial, pero sí una certeza: nadie viene a lucirse.
  5. Escuchar sin ver.
    La voz del capataz es ley. El golpe seco del martillo es idioma.
    Se aprende a interpretar el silencio, a distinguir cuándo el paso respira y cuándo pide aire.
    “Cuando suena el martillo, todo encaja”, dicen. Y encaja.
  6. Confiar en el de al lado.
    Esto no es individual. Nunca lo fue.
    Si uno falla, caen todos. Si uno aprieta, todos avanzan.
    La fe, cuando existe, también es colectiva.
  7. Recordar de dónde viene.
    Antes hubo hombres que lo hacían por jornal. Espaldas curtidas de puerto, campo y oficio duro.
    No había épica, había necesidad.
    Con el tiempo, aquello cambió. Las hermandades hicieron suyo el esfuerzo y lo convirtieron en pertenencia. De oficio a identidad.
  8. Entender por qué se entra.
    No hay una sola razón.
    Promesas. Familia. Curiosidad. Vacíos. Tradición.
    Incluso ausencia de fe.
    “Yo no sé rezar, pero aquí encuentro algo”, confiesa más de uno sin querer explicarlo.
  9. Asumir la puerta.
    Siempre la puerta.
    El momento en que todo se mide en milímetros y en nervios.
    Dentro no se ve nada. Se siente el temblor, la orden contenida, el paso que duda.
    Y de pronto, la calle. El ruido. La luz.
    Algunos lloran ahí mismo, aunque nadie lo note.
  10. No buscar aplausos.
    El aplauso es para lo que va arriba.
    Aquí abajo se trabaja en sombra.
    El reconocimiento, si llega, es íntimo: una mirada cómplice, una palmada en la espalda…
  11. Aceptar que ha cambiado.
    Hoy hay listas de espera. Hay relevo. Hay mujeres bajo los pasos, firmes, presentes, necesarias.
    Antes faltaban. Hoy sobran ganas.
    El riesgo no es desaparecer, es olvidar.
  12. Preguntarse por el futuro.
    ¿Seguirá siendo lo mismo cuando haya más cámaras que silencios?
    ¿Cuándo pese más la estética que el sentido?
    Un veterano lo resume sin rodeos: “Si esto se convierte en espectáculo, se rompe”.
  13. Pensar que seguimos siendo el “ciempiés de Dios” Armonía, el esfuerzo físico y la devoción de quienes son «los pies» de Cristo o de la Virgen.
  14. Descanso emocional. Visita al fisioterapeuta, masajista o traumatólogo.    
  15. Volver.
    Porque casi todos vuelven.
    Aunque duela. Aunque el cuerpo diga basta.
    Porque hay algo ahí abajo que engancha.
    Algo que no se explica, pero se reconoce en cuanto el martillo vuelve a sonar.

Willy López / Félix Méndez

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