En el MEIAC hay unas chanclas, de colores, barnizadas, todas de marcas. En el museo una montaña piramidal de ruedas, que han abandona el taller mecánico del artista para jalonar la potencia sin control. En la planta baja del museo, una valla publicitaria, que desmorona la vida de un futbolista que en principio andaba con un coche de segunda mano por Liverpool pero que ahora se deja llevar por los sucios petrodólares de un país que permite que las mujeres se quiten en burka en el cuarto de baño de su casa, en silencio, a oscuras, sin que nadie las vea, como ese rincón deshabitado del museo.

Un grupo de alumnos de un cole de la ciudad hace los honores, son los primeros en ver la instalación, los chicos comentan las marcas, el tamaño y el camino que recorren las sandalias. El artista, trabajadores del museo, representantes de instituciones y los medios, el medio, asistimos ensimismados, a la catarsis de una película de vaqueros, el sheriff disparando balas de fogueo y el más buscado, mostrando una honda honestidad en su discurso artístico. Comenta las marcas, el tamaño y el camino que tuvieron que recorrer las chanclas. Acción comercial inversa para generar tribus de migrantes que sólo ellos entienden. En esa crítica ácida, visual y puñetera, Roro Berjano reparte por partes iguales, su arte y su lenguaje descarnado por el viento del desierto. De una peluquería; carteles de coleccionismo, de un viaje por el sur del planeta; un abismo de hormigas portando desesperanza y trozos de vidas molidas. Visita de obligado cumplimiento.

Nos gusta ver el alma de las obras, estar en ese segundo plano que, nos hace invisible, ponernos en lo que tiene que ver la obra todos los días, la saliva que tiene que recibir cuando se le ponen delante los visitantes, la luz que le ciega por obligado cumplimiento del espacio. El arte, como el periodismo cultural es así. Muchas veces desagradecido, otras tantas indiferente, y muy pocas, de eso vivimos, emocionante, carnal y directo, como la obra del artista extremeño. De símbolos, pegamento cola y tótem del olvido.

Willy López / Félix Méndez

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