…Acabó mi hermano por ir a misa siempre, a oír a don Manuel, y cuando se dijo que cumpliría con la parroquia, que comulgaría cuando los demás comulgasen, recorrió un íntimo regocijo al pueblo todo, que creyó haberle recobrado. Pero fue un regocijo tal, tan limpio, que Lázaro no se sintió vencido ni disminuido
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Siempre la mirada. De siempre, la forma de ver, cada una, universal y constante en su propia memoria, un archivo colocado al antojo, apilado según las necesidades, priorizando cada cual su impronta. Unamuno tuvo varias miradas sobre la misma imagen a lo largo de su vida, y distorsionó su métrica en prosa, para hacer de San Manuel Bueno, mártir, un sortilegio de dudas. Pero la mirada queda. Es lo que nos hace únicos. Pasolini: el poeta comunista que amaba a Dios, que titulaba el diario ABC, en verdad amaba el misterio de los textos evangélicos, y como añadía Roman Gubern, rompe la tradicional iconografía clásica del catecismo para de beatas. Una mirada única, y una factura cultural, donde la fe, la devoción, y el misterio ganan la partida. Una solemne, pero atractiva partida. Al New York Times se le ocurrió mandar a su periodista Lucas Peterson a la Semana Santa en España hace unos años, su relato define, más allá de tópicos y reverberaciones de costumbres, la vital importancia de la mirada; «Después de encontrarme bloqueado en una masa de gente que bajaba por una calle y no poder ir más lejos, volví hacia atrás y me metí por un callejón para acercarme a la procesión desde un lugar diferente, mismo paso, diferente imagen, otra mirada».
Para la compañera, Irene Rangel, en su bella factura televisiva sobre la Semana Santa, la mirada se reconstruye con los cinco sentidos, donde la vista aglutina al resto. En nuestro paseo procesional, trabajar con la mirada propia nos hace egoístas, es nuestra forma de mirar. El costalero muchas veces va con los ojos cerrados, se deja llevar por los pasos del compañero de carga, no ve, mira por dentro, intuye por las mellas del suelo, el recorrido. El nazareno tiene la mirada más fotográfica de todas, la seccionada por el capirote y la luz que da el cirio. Los pasos miran, la Virgen mira, la figura de Cristo mira. Fijan la mirada, pidiendo devoción, solicitando conmiseración, tallas con ojos gimientes, ojos con miradas arrancadas, hacía abajo, el suelo por el que procesan, o hacía el cielo, para extraviar la mirada. Quien más aporta en su dogma en la mirada, es el público, devotos, turistas, curiosos, vecinos agnósticos, comerciantes fieles, padres creyentes y niños ateos. Todos miran, coinciden en el objetivo, a escasos centímetros uno del otro, coinciden en la luz, en el olor, en el tacto, el gusto, en la textura, fijan sus ojos sobre el mismo elemento, pero cada uno mira diferente. La belleza, lejos de asimilar la fe, está en lo que cada uno interpreta, siente e imagina. La concupiscencia de la mirada lo llaman.














