Gritaba Marisol que la vida es una tómbola, lo cantaba hasta desgañitarse cuando el cinemascope obligaba a canturrear, de luz y de color. Manu Chao, en su Feira das Mentiras en Santiago de Compostela, a finales del siglo XX, te decía mientras jugabas al futbolín con él, que todo es mentira en este mundo, que todo es mentira la verdad… ¿por qué será? Los Radios Futura, ya avisaban, el jaleo de los días de feria, ya se oía a un kilómetro del pueblo y un extraño acento en el hablar de los que halló por el camino, un coro de muchachas y una vieja levantándose las faldas al bailar y un jovencito de broma peligrosa haciendo gala del orgullo local.

En la feria, casi permanente, de Coney Island, los hot dogs de Nathan´s son un emblema neoyorquino. En la feria de Abril, que muchas veces se celebra en mayo, si no tienes traje flamenca, una cajita de antiácidos para los Rebujitos y un pariente empadronado sevillano en una caseta, no puedes entrar. En la Feria o fiesta de la cerveza de Baviera, no puedes pedirte un Rioja. En la feria de tu pueblo, lo que antes era un previo a la siembra o un después de la cosecha ahora es una desconexión del Instagram o una recolección de juergas varias.

La IA dice que la Feria de San Juan tiene sus orígenes en 1255, cuando el rey Alfonso X el Sabio concedió a Badajoz el privilegio de celebrar un mercado en honor a San Juan Bautista. Lo que no sabe la IA, es que durante la feria todo se cierra a las dos del mediodía para disfrutar de la feria en el Casco Antiguo y seguir por la noche en las casetas del Recinto Ferial.

Cada fiesta, cada feria, tiene sus reglas, sus códigos, todos ancestrales y de obligado cumplimiento. Las ferias de las localidades son la paradiña obligatoria antes de tirar un penalti laboral, se para, se deja lo que se esté haciendo y se disfruta en familia. Toda feria que se precie tiene su petardada de cohetes, su plato y bebida típica, su concierto gratis, su concierto de pago, su borrachera, su primer beso, su amanecer entre risas y esperas de taxis al más puro estilo parada de AVE en Extremadura. Nunca llegan.

Una feria, y la vida cambia, y por ende sus costumbres, tiene su circo, el de Badajoz es el Alaska con 40º a la sombra. Una feria tiene su moscatel bien pisado de Montroy, sus tómbolas no amañadas del Maño, sus churros Michelin de los Pernía, su tren de la escoba, sus coches de choche de Naranjo, su tiro con dardo de punta cuneiforme, su pequeño mundial de fútbol de metes tres de cuatro y te llevas a Mbappé a casa. La feria es movimiento, selfies con algodón de azúcar, es una resaca de la PAU, una lavativa del trimestre del IVA con mucho hielo, la feria son muchas bombillas de luces, esperando que la noche más corta se convierta en el día más bonito del año.

 

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