Tres sombras frente a una detonación de color. No son espectadores cualesquiera: son los que mueven el tablero. En negro, recortados contra la pared dorada de Santa Catalina, aparecen Julián Mesa, artífice de Arteria y agitador cultural incansable; Fer Francés, el galerista que ha sabido leer el pulso del mercado antes que nadie; y el propio Abraham Lacalle, autor del incendio que tienen delante. Tres perfiles en penumbra frente a un caballo rosa que no pide permiso.
El lienzo estalla. Un caballo encabritado, casi carnal, late bajo un árbol cuyo tronco parece abrirse como una grieta en la tierra. El verde no es bucólico: es ácido, vibrante, excesivo. Es naturaleza sin postal. Es el “verdor terrible” del que habla Lacalle, esa idea de que lo vegetal nos sobrevivirá, nos cubrirá, nos borrará. Y ellos, ahí, de espaldas. No posan. No sonríen. No se exhiben. Observan. La imagen es pura metáfora: el creador, el comisario y el galerista enfrentados a la bestia pictórica. Cultura frente a naturaleza. Mercado frente a impulso. Discurso frente a instinto.
El caballo, sin jinete, parece a punto de salirse del cuadro. La cuerda —si existe— está rota. Aquí no hay triunfo militar ni iconografía clásica. Hay tensión. Hay ruptura. Hay pintura que no decora, que desafía. La fotografía captura algo más que una inauguración: captura un momento de poder. El poder de la pintura cuando todavía importa. El instante en que tres figuras clave del ecosistema artístico quedan reducidas a sombra porque lo único que brilla es el cuadro. Santa Catalina no es un fondo. Es un ring. Y en el centro, un caballo rosa que dice: aquí mando yo.
Abraham no sabe si está desterrado o desesperado. Johnny Cash diría “desperado”. Él escuchó otra cosa. Y de ese malentendido nació una exposición.
Recién llegado de Pekín, tras un mes de trabajo en China, el pintor vuelve a una tierra que siente propia. A Badajoz. A Extremadura. Al espacio cultural de Santa Catalina, en el proyecto Arteria, donde presenta Desterrados, una muestra atravesada por el paisaje, la memoria y esa tensión constante entre cultura y naturaleza.
Abraham Lacalle es una de las figuras clave de la pintura española contemporánea. Con obra presente en colecciones nacionales e internacionales y una trayectoria consolidada desde los años noventa, su trabajo se mueve bajo un sello que lo hace único, la reflexión contemporánea frente al talento del almeriense. En Santa Catalina, sus grandes formatos dialogan con caballos encabritados, arcos despellejados y verdes que parecen a punto de devorarlo todo…pero antes de la teoría, está la raíz.
“Siempre he tenido acento extremeño”
Vienes de China y aterrizas en Badajoz. ¿Qué supone ver tu obra en las antípodas y después aquí, en tu tierra?
Es una sensación muy particular y agradable. Ver que tu trabajo puede estar en muchos sitios del mundo y que lo vea mucha gente es muy chulo. Pero con respecto a Badajoz… yo tengo muchos vínculos con esta tierra. Nací en Extremadura y me fui con cinco años. No recuerdo cuándo me fui exactamente, pero siempre he mantenido la relación. Incluso el acento. En Andalucía me dicen: “Tú no tienes acento andaluz, tienes acento extremeño”. Y digo: ¡eso es! Hay algo circular en ese regreso. Exponer en Pekín y, poco después, hacerlo en Santa Catalina. La distancia geográfica no diluye la memoria; la refuerza.
Pintar como destino…sin épica
¿Recuerdas el instante en que decidiste dedicarte a la pintura?
No hay un momento. Es desde el principio. Desde pequeño ando dibujando. Siempre con un cuaderno. No hubo una epifanía. Siempre quise dedicarme a esto. Sin embargo, mi trayectoria no fue romántica ni inconsciente. Estudié Bellas Artes y gané una oposición como profesor. Durante años compaginé la docencia con la pintura. No quería salir de la facultad con la presión de tener que vender para poder hacer lo que me daba la gana. Busqué un sustento económico dando clases. Y un buen día me di cuenta de que podía vivir de mis cuadros. Pedí una excedencia y pensé: esto es lo que quería cuando tenía diez años.
¿Desde entonces, principios de los 90 vives exclusivamente de tu obra?
Sí. Si te marcas un objetivo, no puedes estar mirándolo todo el rato. Márcalo y deja de mirarlo. Mira al suelo, camina. Y un día llegas. Tuve esa suerte.
Paisaje como género y como construcción
En Desterrados predominan los paisajes. Pero no son paisajes descriptivos. Son construcciones mentales. ¿Por qué el paisaje?
Me interesa el género. Como en la literatura de aventuras o la ciencia ficción. El género no cuestiona el lenguaje, lo utiliza. Yo tomo como referente la pre-vanguardia, finales del XIX, principios del XX. Pintores que utilizaban la memoria visual para construir un relato con la naturaleza.
Para ti, el paisaje no es simple naturaleza: es cultura en todas sus aristas…
…El paisaje es un constructo del hombre. Existe sin nosotros, pero el que pintamos es una construcción nuestra. Cada color, cada forma, es como un adjetivo. Yo construyo paisajes inventados para contar algo: la relación del hombre con la naturaleza y la huella que dejamos en ella.
El “verdor terrible” y el errante
Me has hablado de una idea que vertebra la exposición: el “verdor terrible”. ¿Es una referencia a la expansión incontrolable de la naturaleza?
Nosotros nos quedamos quietos cincuenta años y desaparece todo esto. El verde nos come. Las plantas nos sobrevivirán. Eso me interesa: el tránsito, el errante, el que va dejando huella pero tiene que moverse.
¿De ahí Desterrados?
Escuchaba una canción de Johnny Cash y yo entendía “desterrado”. No decía eso, lo oía mal. Pero esa palabra me dio la clave. El desterrado es el errante. En la exposición aparece un caballo encabritado, sin jinete y con la cuerda rota. El caballo encabritado era el triunfo del general en la batalla. Aquí no tiene jinete. Si la doma es la cultura, la cultura es lo que nos doma. Este caballo tiene la cuerda rota. Es una metáfora. Una tensión entre cultura y naturaleza.
Arte, lujo y acceso
Lacalle no idealiza el sistema artístico. ¿Existe una política cultural sólida en España?
Existe, pero las artes visuales siempre están un poco en los márgenes frente al teatro o el cine. De todas formas, quejarse es de tontos. Hay que hacer. Un cuadro es cultura, pero también es un objeto de consumo de lujo. Solo lo puede comprar alguien con cierto poder adquisitivo. Eso hay que encajarlo. Para acercarlo a la gente están los museos.
Pero en cierta medida, y en contraposición, a medida que el arte se dispara, también ha crecido el acceso cultural, se ha democratizado…
…Ahora a esta exposición vendrán chavales de instituto. Eso antes no pasaba. Yo de pequeño no iba a museos; me llevaban al fútbol.
Entre el sol y la sombra
En Santa Catalina el sol entra con fuerza. Frente a los grandes formatos, el espectador no mira por una ventana; se introduce en el color. “Vamos a quitar la ventana”, dice Lacalle. “Que el color te meta dentro”. Quizá eso sea Desterrados: no un exilio, sino una posición. El hombre como errante. La cultura como doma. El verde esperando.
Y en algún lugar de fondo, una canción mal escuchada que termina dando nombre a todo. Ahí queda para la memoria de la ciudad extremeña, esos hombres de negro, artífices de dejar una esquirla de arte en alguno de los poros de Santa Catalina.
Félix Méndez / Willy Méndez















