Si hubo alguien que salió a la calle con una cámara y la convirtió en un arma de precisión poética, fue Francesc Català-Roca. En una España gris, cerrada y llena de silencios forzados, él decidió mirar de frente. Sin dramatismos impostados. Sin propaganda. Solo verdad, geometría y vida. Català-Roca no fotografiaba escenas: cazaba instantes exactos. Un gesto suspendido, una sombra que corta la pared en dos, una mirada que lo dice todo. Sus imágenes tienen pulso, tienen ritmo, tienen calle. Son limpias, directas y afiladas. No necesitan subrayados porque ya están cargadas de intención. Mientras muchos buscaban épica, él encontraba humanidad. Mientras otros maquillaban la realidad, él la ordenaba con una composición impecable y la dejaba hablar. El resultado: una obra que sigue golpeando décadas después, moderna, fresca y brutalmente honesta.
Y menos mal que nos queda el legado de hijos, nietos y apasionados de la cultura, de la fotografía que reivindican el legado, ganado a méritos, una reivindicación de una mirada que cambió la forma de entender la fotografía en España y que, todavía hoy, nos recuerda que lo extraordinario siempre estuvo ahí, esperando a ser visto. Su hijo, Andreu Català-Roca, (El de la foto es su hermano Martí) repasa la vida con nosotros, el legado y la vigencia de uno de los grandes maestros de la fotografía española.
La fotografía, una de las grandes revoluciones
“Yo creo que una de las grandes revoluciones de la humanidad, junto con la rueda o el fuego, ha sido la fotografía. Si no hubiéramos tenido fotografía, muchas cosas no las habríamos capturado ni comprendido de la misma manera.” Andreu recuerda que su padre veía la fotografía como un milagro técnico y poético a la vez: una herramienta que permitía detener el tiempo. “Es como si a una persona de la Edad Media le hubieran dado un aparato que le permitiera viajar en el tiempo. Porque una fotografía es presente, pasado y futuro al mismo tiempo.”
Del blanco y negro al color
Francesc Català-Roca comenzó a fotografiar antes de la Guerra Civil, en un país cerrado y gris. Su evolución fue constante. “Mi padre fue de los últimos vanguardistas. Se le asocia con el blanco y negro, pero en 1973, cuando empieza su trabajo en América, abandona ese formato. Había trabajado en blanco y negro durante 25 años, pero necesitaba avanzar. No se conformaba nunca.” Su obra en blanco y negro, dice Andreu, no es fría ni meramente documental: “Muestra a la gente sencilla, cansada, pero digna. Los que se levantan a las cuatro de la mañana para llevar sus piezas al mercado. Los trataba con la misma dignidad con la que retrataría a un artista o a un político.”
Una fotografía generosa
“Hay quien dice que el estilo de mi padre era no tener estilo. Pero en realidad, lo que hacía era elegir dentro del caos. Sabía dónde mirar. Y eso es un acto de generosidad: mirar a los demás con respeto.” Català-Roca creía que la fotografía era una forma de aprender a mirar el mundo. “Su fotografía es generosa porque da valor a lo cotidiano. Consideraba que los artesanos, los trabajadores, los oficios, eran esenciales. Decía que los objetos acabarían en los museos, pero los artesanos desaparecerían. Por eso le interesaba tanto retratarlos, darles dignidad.”
De lo artesanal a lo digital
Andreu reflexiona sobre cómo ha cambiado la fotografía desde entonces: “Hoy todos podemos hacer fotos con un teléfono. Creo que mi padre estaría contento de ver lo accesible que se ha vuelto. No todo el mundo es músico o pintor, pero casi todos somos fotógrafos. Eso permite que aprendamos a mirar de otra forma.” Aun así, recuerda la disciplina con la que trabajaba su padre: “En sus viajes llevaba cientos de carretes. Tomaba notas detalladas sobre la luz, la exposición, el encuadre. Tenía un archivo enorme, con más de 10.000 negativos. Era meticuloso, pero también intuitivo. Sabía cuándo una imagen tenía alma.”
El testigo del siglo XX
Català-Roca fue testigo de un país que cambiaba rápidamente.
“La televisión transformó España y mi padre tuvo prisa por fotografiar lo que desaparecía. Sabía que ese mundo se estaba acabando. Su cámara fue una forma de preservar la memoria colectiva.”
Participó en la mítica exposición La familia del hombre, que recorrió el mundo en los años cincuenta, y trabajó en publicaciones y encargos editoriales que hoy forman parte del patrimonio visual español. “Era un hombre muy culto. Tenía una gran biblioteca y una colección de imágenes de Picasso y otros artistas. Además de fotógrafo, fue un teórico de la imagen. Como dice una tesis de Elisabeth de la Fotografía, fue uno de los más prolíficos en ese campo.”
El legado familiar y el archivo
La historia de los Català-Roca es también una saga familiar de fotógrafos. El padre de Francesc, Pere Català Pic, fue un pionero del medio en Cataluña y marcó el camino a sus descendientes. “Mi abuelo fue quien inició esta aventura familiar en el mundo de la fotografía. Sin él, nada de esto habría existido. De él heredamos la curiosidad y el respeto por la imagen.” Hoy, la tarea de conservar y dar forma al monumental archivo de Francesc recae en su familia.
“Mi sobrino Marc y su equipo están haciendo un trabajo enorme. Están dando forma a más de 200.000 negativos que mi padre guardaba ordenadamente en su semisótano de la Travesera de Dalt, en Barcelona. Ese archivo es una parte esencial de la historia visual del siglo XX.”
La crítica de Fontcuberta y el olvido institucional
No todos han compartido una visión idealizada de Francesc Català-Roca. El teórico y fotógrafo Joan Fontcuberta, figura clave de la posmodernidad fotográfica en Cataluña, ha señalado en varias ocasiones que la obra de Català-Roca, aunque impecable en su técnica y humanidad, “no cuestionaba la realidad”, sino que la mostraba con una cierta neutralidad estética. Fontcuberta, defensor de una fotografía más conceptual y crítica, lo ha descrito como un “testigo ejemplar” pero no un “autor problematizador” del medio, y ha lamentado que su reconocimiento institucional haya sido más lento que el de otros fotógrafos europeos de su generación.
Andreu responde sin resentimiento, pero con claridad: “Es cierto que mi padre no hacía una fotografía política, pero sí una fotografía profundamente ética. No pretendía denunciar, sino comprender. Miraba con respeto y sin juicios. Y eso también tiene un enorme valor.” Más dolorosa que la crítica, admite, ha sido la dejadez institucional en Cataluña hacia el legado de su padre. “Cataluña no ha sabido cuidar su memoria. El archivo de mi padre, con más de 200.000 negativos, ha estado durante años guardado en un semisótano familiar. Ni el Ayuntamiento de Barcelona ni la Generalitat mostraron verdadero interés por preservarlo. Hemos sentido una cierta indiferencia hacia una figura que retrató medio siglo de la vida del país.” “Lo que se está haciendo ahora desde Extremadura o el Ministerio de Cultura debería haberse hecho hace mucho en Cataluña. Pero, afortunadamente, la obra se conserva y sigue viva gracias al trabajo de la familia.”
“La piel de Barcelona”: un retrato emocional de su ciudad
Entre los proyectos más personales de Català-Roca se encuentra La piel de Barcelona, un trabajo que sintetiza su relación más íntima con la ciudad donde nació y que lo definió como fotógrafo. “Ese libro fue muy importante para él. Lo hizo con un cariño enorme, casi como un homenaje a su ciudad. Quiso mostrar no solo la arquitectura o las calles, sino la vida que las habitaba: la piel humana de Barcelona.” Publicar aquel volumen no fue fácil. El proyecto, que había ido gestando durante años, se enfrentó a limitaciones económicas y técnicas.
“Le costó muchísimo sacarlo adelante —recuerda Andreu—. Tuvo que buscar apoyos, convencer a editores, y trabajó incansablemente en la selección de las imágenes. Era un proyecto casi artesanal, hecho con las manos y la memoria.”
La piel de Barcelona fue, en cierto modo, su equivalente local a lo que William Klein hizo con New York o Robert Frank con The Americans.
“Mi padre admiraba mucho a esos fotógrafos —dice Andreu—, pero su mirada era distinta. Klein y Frank rompían con la tradición documental para mostrar la crudeza y el desorden del mundo. Mi padre no era agresivo: observaba con calma, con respeto. En eso radica su diferencia y también su fuerza. Su Barcelona no era un escenario, era un cuerpo vivo.” El libro se convirtió con el tiempo en un documento esencial sobre la Barcelona de mediados del siglo XX: una ciudad que despertaba entre la posguerra y la modernidad, retratada con ternura, sin artificios y con una elegancia visual que hoy sigue asombrando.
Retratos de Extremadura
Dentro de este mundo donde, de repente, la vida se congela dentro de una cámara, el pasado resurge de la memoria. Ahí está la generosidad de Català-Roca y otros tantos de miles, fotógrafos, hombres y mujeres de las estrellas, que nos devuelven con un fogonazo, el alma de todos nosotros. Durante la exposición en el MEIAC, con la exposición “La elocuencia de la imagen”, Francesc nos lleva a la nostalgia, un segundo en un pueblo extremeño, Jerez de los Caballeros, Manolo, Feli y Camilo. El primero, padre de Miguel Galván que rescata la foto actual, por entonces pensando en como divertirse sin saber que sería jefe del parque de bomberos. Feli y Camilo hermanos, hijos de Pilar, la Cana, y Francisco, el del carbón. Ingenuidad en blanco y negro que representa la importancia de mantener un legado de emociones difícil de secuenciar con palabras.
La elocuencia de la imagen: la exposición en el MEIAC
El Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC), en Badajoz, acoge la exposición “La elocuencia de la imagen”, una muestra que redescubre el trabajo inédito de Francesc Català-Roca y que ha sido organizada por el Ministerio de Cultura junto con la familia del fotógrafo.
“Esta exposición tiene un valor muy especial —explica Andreu—. Por un lado, es un archivo histórico, porque rescata fotografías inéditas, muchas de ellas tomadas en Extremadura en los años cincuenta. Pero, además, encaja perfectamente con la vocación del MEIAC de establecer puentes entre España y el arte iberoamericano, en este caso a través de la fotografía.” La muestra presenta imágenes nunca antes vistas, seleccionadas entre miles de negativos del archivo familiar.
“El trabajo del museo y del Ministerio ha sido impresionante. Han sabido entender la esencia de mi padre, su mirada limpia y honesta. Es una exposición que no solo documenta una época, sino que nos invita a reflexionar sobre la fuerza de la imagen como lenguaje universal.” Francesc Català-Roca murió en 1998, pero su obra sigue viva en cada gesto, en cada sombra, en cada rostro anónimo que retrató con humanidad. Su hijo lo resume con una frase que bien podría definir toda una vida dedicada a la luz:
“La fotografía es mágica. En manos de alguien que sabe mirar, se convierte en una forma de hacer más humano el mundo”
Willy López / Félix Méndez




















