Dimitri acelera como un poseso, con la cabeza en otro mundo, con imágenes mezcladas con cloruros de plata y el contador del coche a 200 km/h. La curva de una de esas carreteras perdidas de Bulgaria espera impaciente el impacto. Tienen cinco minutos para calcular el resultado del ejercicio. No. Las cuentas en esta ocasión, no salen. El intento de salirse y empotrase en los árboles, se convierte en un flashazo, una ráfaga de fotos de su familia, sus amigos, su trabajo, cercano durante años a la muerte, a la droga y el significado de los que malviven. Volantazo de Dimitri, que decide vivir, darle un abrazo eucarístico a las muescas que le han rasgado con metralla emocional, parte de su vida. Una curva en blanco y negro para positivar en Negativo Foto.
Dimitri Stefanov es un tipo directo, una especie de amigo de toda la vida que no ves desde que se tuvo que ir a la guerra para combatir por su pueblo. Dimitri abre los brazos la primera vez que te conoce, a la segunda te aprieta tan fuerte que te puede llegar a romper alguna vértebra, los abrazos sucesivos hacen que se impregnen sus tatuajes a tu cuerpo en una especie de negativo. A partir de ahí, eres tú el que tiene que revelar su foto. Y eso es Dimitri. Un eslavo con carrete español, con acento de Cádiz y con cámaras a modo de pistolas visuales, todo un encuadre de la vida donde el azar y la ilusión le han redimido de aquella curva oscura. El Festival de Negativo Foto que organiza la Fundación CB tiene gran parte de culpa, de hacer recta ese peralte desvelado de esa carretera perdida de la órbita soviética. Y es que, para Dimitri, en el principio era Verbo, y así hasta llegar a su propio Dios, la fotografía como fe. Amén, su último trabajo.
Arranca el Dimitri fotógrafo
A los 18 años, Dimitri Stefanov se despertó una mañana en su habitación de Leganés, en Madrid, con una idea clara: quería ser fotógrafo. No tenía cámara, ni libros, ni referentes. Su padre, Demetrio, le advirtió que aquello no tenía futuro. “Le dije que lo sabía, pero que necesitaba hacerlo”, recuerda con una sonrisa. Ese fue el comienzo de una carrera que lo llevaría desde la periferia madrileña hasta los festivales internacionales de fotografía.
Hijo de familia búlgara, Dimitri creció entre dos culturas. “Me siento mitad español, mitad búlgaro. Es algo raro, pero me ha dado una mirada doble, una especie de espejo entre lo que soy y lo que observo.” Esa mirada híbrida define su fotografía: íntima, pausada, profundamente humana.
La vida, la muerte y la cámara
“La vida y la muerte siempre me han interesado”, confiesa. “No lo supe hasta que empecé a trabajar con ellas.” Durante varios años documentó la vida en cárceles, el consumo de drogas, la pérdida. “Ver morir a alguien de tu misma edad te cambia. Aprendes que la fotografía no es solo un oficio, sino una forma de mirar el mundo sin miedo.”
Para Dimitri, la fotografía no es una cuestión técnica, sino narrativa. “No me interesa la foto bonita, ni el blanco y negro perfecto. Me interesa contar algo. La foto dos tiene que dialogar con la uno y preparar lo que vendrá. Una serie fotográfica es como una novela: cada imagen es un capítulo.”
“Ver morir a alguien de tu misma edad te cambia. Aprendes que la fotografía no es solo un oficio, sino una forma de mirar el mundo sin miedo.”
Los comienzos y las primeras oportunidades
En su escuela madrileña, Dimitri conoció a David Alan Harvey, de Magnum Photos. “Lo vi en una exposición, me pidió mi trabajo y lo publicó en Burn Magazine. Tenía poco más de veinte años. Fue un salto enorme.”
Después llegaría el World Press Photo Masterclass, donde fue uno de los doce seleccionados a nivel mundial. “Fue una experiencia que me cambió. Entendí que todos buscamos lo mismo: contar lo que somos a través de los otros.” A pesar del reconocimiento, Dimitri no se considera artista. “La fotografía no es arte. El arte puede ser pintura, escultura, cine… La fotografía es otra cosa. Es verdad. Es tiempo. Es la vida misma que pasa delante de ti.”
Una metodología sin prisa
Dimitri trabaja con cámara de gran formato. “Tardo diez o quince minutos en hacer una foto. Tengo que montar el trípode, ajustar el foco, medir la luz. Es lento, y me gusta que sea así. No hay casualidades. Todo tiene intención.”
Cada proyecto tiene un principio y un fin. “No puedo pasarme veinte años con lo mismo. Necesito un cuerpo de trabajo, un cierre, una reflexión. Aunque un proyecto dure diez años, dentro de él hay muchos pequeños procesos.”
Enseñar y aprender
Hace cinco años fundó una escuela de fotografía en Sofía. “Cuando empezamos, Bulgaria no tenía casi nada en este campo. Pero creamos un espacio que hoy está lleno. En los países del Este siempre cuesta más: tienes que trabajar el triple. Pero ese esfuerzo también forma parte de nuestra identidad.”
En sus charlas, Dimitri insiste en que la fotografía debe ser una herramienta para entender el mundo, no un escaparate del ego. “Ya no quiero hablar tanto de mí. No quiero mostrar mis fotos diciendo: ‘mirad lo grande que soy’. Prefiero enseñar cómo se construye una narrativa, cómo se piensa un proyecto. Quiero que la gente salga con algo aprendido.”
“Tardo diez o quince minutos en hacer una foto. Tengo que montar el trípode, ajustar el foco, medir la luz. Es lento, y me gusta que sea así. No hay casualidades. Todo tiene intención.”
Amén: recomponer desde la cámara
En una conversación con él, confiesa que el germen de Amén fue la necesidad de recomponer: «Mi vida profesional y familiar, todo se desbordó. Y la fotografía se convirtió en la única ancla que tenía.» En Bulgaria, asistió a una misa que le afectó por su lentitud, su comunidad, la presencia. Esa experiencia se convirtió en la estructura visual del proyecto: imagen tras imagen, silencio tras silencio. Cada fotografía de la serie actúa como mediadora entre lo que fue y lo que puede ser.
La plataforma: Negativo Foto
El festival Negativo Foto, impulsado por la Fundación CB, ha logrado en apenas cuatro ediciones convertir el mes de noviembre en una cita imprescindible para la fotografía en Extremadura. Más que un evento expositivo, se ha consolidado como un espacio de pensamiento, de encuentro y de comunidad para quienes entienden la imagen como una forma de narrar el mundo.
Para Dimitri Stefanov, participar en Negativo Foto no fue solo colgar unas obras en la pared. Fue reencontrarse con su propio pulso creativo tras uno de los momentos más difíciles de su vida. Su proyecto Amén, realizado en exclusiva para el festival, nació como un acto de redención personal después de atravesar una crisis profunda. Ese regreso lo situó en su tierra natal, Bulgaria, donde asistió a una misa en un pequeño templo ortodoxo. Allí, rodeado de una fe que no siempre había comprendido, encontró un lenguaje simbólico que transformó en imágenes. Amén es, en esencia, un diálogo entre la oscuridad y la luz, entre lo que se pierde y lo que se reconstruye.
“El festival no es solo ver imágenes —explica Stefanov—, es cruzar miradas, escuchar historias, generar comunidad”. En Badajoz, su obra encontró eco en otras voces, en otros fotógrafos y en un público que vio en su trabajo algo más que una exposición: un testimonio de cómo la fotografía puede ser también un camino para recomponer la vida.
Formación e intercambio: Albarracín como espejo
La transformación de un autor no solo ocurre frente al encuadre, sino también en los espacios de reflexión. El Seminario de Fotografía y Periodismo de Albarracín, dirigido por Gervasio Sánchez, reúne cada año a cientos de fotógrafos y periodistas que exploran los límites del relato visual. Stefanov, que participa tanto como ponente como espectador, señala que esa experiencia alimenta su práctica: “Ves el trabajo emergente, ves cómo se piensa una serie, cómo se forma un proyecto desde la nada”. Habla de Gervasio como ese reportero de guerra que quiso ser, y a la vez como un profesional que le enseñó a documentar desde lo que te rodea, sin tener que rozar los conflictos bélicos.
El fotógrafo y el hombre
Dimitri vive entre Sofía y Madrid. Cuando viaja a festivales como Negativo Foto, en Badajoz, lo hace con una actitud sencilla: “No vengo a posar de artista. Vengo a compartir, a escuchar. Lo importante no es quién expone más, sino crear una atmósfera, una comunidad. Cuando eso sucede, ya no eres un invitado, eres parte del festival.”
Antes de terminar la conversación, reflexiona en voz baja:
“La fotografía me ha enseñado a vivir. No a hacer fotos, sino a mirar la vida sin miedo. Mis hijos, mis alumnos, mis muertos, mis recuerdos… todo eso está en mis imágenes. No busco la foto perfecta. Busco la historia que me cambie por dentro.”
Willy López / Félix Méndez
















