El Espejo Multiplicado de Eduardo Naranjo: Un Viaje desde los Campos de Monesterio hasta su Altar Permanente en el MUBA

Hay creadores que no se limitan a pintar la realidad, sino que la arrebatan, la despojan de su condición efímera y la dotan de una dimensión sagrada. Hablar de Eduardo Naranjo es invocar la fuerza incontestable de un realismo sobrecogedor, una maestría técnica donde la precisión casi quirúrgica del trazo jamás ahoga la pulsión mística, el misterio ni la poesía. Su pincel posee una elegancia aristocrática, una finura atemporal que eleva lo cotidiano a la categoría de mito eterno. Lo hemos visto conmover al mundo a través de hitos universales, como su desgarradora e icónica interpretación gráfica de Poeta en Nueva York de Federico García Lorca, donde el dibujo se hizo grito y arquitectura neoyorquina. Una fuerza creativa que no entiende de fronteras geográficas ni culturales: así quedó demostrado en su aclamado viaje a China, donde una gran exposición de su obra en un imponente museo de Hangzhou despertó una expectación y una fascinación absolutas en el público oriental.

Hoy, ese magnetismo internacional regresa a su matriz original para consolidar su legado definitivo. El arte de Naranjo ya no será un destello pasajero en las salas de exposiciones; se queda como un elemento vivo, palpitante y permanente en la ciudad de Badajoz. La apertura de su sala propia en el Museo de Bellas Artes de Badajoz (MUBA) es, en el fondo, un acto de amor a sus raíces y una manera profundamente sincera de democratizar la cultura. Al donar este espacio vivo que se irá renovando de forma continua, el pintor rompe las barreras elitistas del arte y lo entrega, con acceso libre y gratuito, a la ciudadanía, permitiendo que cualquiera pueda mirarse en el espejo de su genialidad.

Realizamos parte de esta conversación en su casa natal en Monesterio, un espacio que es en sí mismo una extensión de su universo. Caminar por sus estancias es perderse entre pasillos y rincones desbordantes de cuadros, recuerdos y tesoros acumulados durante décadas. El corazón de la vivienda es, sin duda, su imponente estudio, diseñado meticulosamente para trabajar bajo el dictado de la luz natural. Coronando el techo, una gran claraboya inunda unos espacios arquitectónicamente potentes, concebidos en exclusiva para que el maestro dialogue con el lienzo sin interferencias. Aquí, envueltos por el aroma a óleo y la luz de su infancia, Naranjo nos regala un viaje a sus orígenes y rinde cuentas con la memoria de su tierra.

El «milagro extraño» de un niño de pueblo

Edcuardo, nos apasiona indagar en los inicios. ¿Cómo nace un genio de la pintura en una familia sin ningún tipo de antecedente artístico?

Yo mismo me asombro de cómo pude salir con esta manía, o llamémosle vocación. En mi familia jamás hubo un antecedente. Son milagros extraños que se producen de vez en cuando, caprichos de la naturaleza. En el fondo, fui un repelente niño prodigio. A los niños normales se les da bien dibujar, son geniales, pero lo mío era distinto: buscaba una fidelidad absoluta a la realidad desde muy pequeño. No hacía los típicos monigotes. Con apenas once años ya hacía retratos, pintaba los ojos y la boca de mis hermanas, y modelaba esculturas muy fieles. No tenía libros ni referencias, pero sentía que tenía que plasmarlo así. Lo que me interesaba era atrapar la vida que me rodeaba, hacer tuya la realidad para entender misterios como la eternidad de las cosas.

Sin embargo, viniendo de un entorno rural, el camino no debió ser fácil. Ser el único hijo varón de un campesino en la España de los años cincuenta conllevaba un destino casi escrito.

Lo tenía muy difícil. Era el hijo de un campesino, el único varón en ese momento, criado junto a tres hermanas. Mi hermano menor no nació hasta que yo tenía diez años, así que para mis padres yo era la ayuda natural en el campo. Nunca se plantearon dejarme ser pintor. Pero entonces ocurrió algo providencial. Apareció por mi casa el pintor Eduardo Acosta. Le habían hablado de mí y se quedó sorprendido al ver mis dibujos, precisamente porque vio que no eran normales para un niño de esa edad. Habló con mi padre y le dijo que veía en mí un caso singular, que podría llegar a ser un buen artista.

«A los niños normales se les da bien dibujar, son geniales, pero lo mío era distinto: buscaba una fidelidad absoluta a la realidad desde muy pequeño»

El valor de un padre y la conquista de Sevilla

Un choque de realidades brutal. ¿Cómo reaccionó un hombre del campo ante semejante vaticinio?

Ahí está lo maravilloso y admirable de mi padre. En aquella época todo dependía del hombre. Él entendió que, aunque perdía mi ayuda para las labores agrícolas, era una pena no dejarme seguir ese camino. Y le echó muchísimo valor, porque en los años 1956-1957 se solía decir que los pintores éramos «candidatos al hambre». Era muy difícil vender un cuadro. Fue valiente, generoso y muy desprendido conmigo. Gracias a él y a Eduardo Acosta soy hoy lo que soy, y no un campesino.

Y el tiempo demostró enseguida que Acosta no se equivocaba…

Desde luego. En mi primer curso en la Escuela de Artes y Oficios de Sevilla aprobé con una media de sobresaliente los cuatro cursos que se daban y me concedieron el premio. Sevilla era nuestra capital natural en Monesterio; para médicos o estudios mirábamos a Sevilla, no a Badajoz. Allí empecé a descubrir verdaderamente la pintura gracias al Museo de Bellas Artes. Ver las piezas de Valdés Leal, de Zurbarán o de Murillo —que para mí era mucho más sólido que Zurbarán, más virtuoso de las formas dulces— me cambió la vida. Además, el contacto con otros compañeros con vocación me hizo ver que aquello era posible.

Recuerdo que una vez, pintando un paisaje en la calle Santa Clara, se me acercó un droguero y me dijo: «Este cuadro es tan bonito que te lo voy a comprar». Me pagó 500 pesetas. Al volver a la pensión reflexioné y pensé: «Tal vez sí sea posible vivir de lo que me gusta». He sido un afortunado, he hecho en mi vida lo que he querido.

Reivindicando a los maestros olvidados: El caso de Juan Barjola

En sus investigaciones, los periodistas hemos rescatado un texto necrológico potentísimo que usted escribió en el diario ABC tras la muerte de Juan Barjola. Al revisar su figura, da la sensación de que a los grandes maestros esenciales de nuestra tierra se les reconoce poco. El centenario del nacimiento de Barjola se cumplió hace unos años y prácticamente no se hizo nada en su memoria. ¿Sientes que hay una deuda histórica con él?

Fui un gran amigo suyo, sí. El texto de ABC fue algo muy potente porque lo sentía de verdad. Es lamentable que pasara su centenario y no se hiciera nada relevante por él. Barjola fue un creador enorme, poseedor de un espléndido trabajo que merece estar en la primera línea de la memoria artística de este país. Tenía una fuerza brutal y conexiones maravillosas con otras artes; por ejemplo, el gran poeta Pepe Hierro, que también era muy amigo mío, hizo un magnífico libro conjunto con él. Es una pena que a figuras de esa talla y con un trabajo tan soberbio a menudo se les relegue al olvido institucional. Por eso me parece estupendo y os agradezco que queráis hacerle un homenaje y poner el foco sobre su obra. Es de justicia.

La huida a Madrid y el fantasma de Goya

Retomando su trayectoria, tras su etapa andaluza llega el salto a Madrid. ¿Por qué decidió dejar Sevilla?

En la primavera de 1959 me concedieron la beca Murillo de 10.000 pesetas. Ya me estaba ganando ciertos recelos porque me llevaba los premios de los festivales. Ese verano me presenté también en Badajoz a la beca de la Diputación, cuando tenía unos 15 años. La gané, pero me dio tristeza por los compañeros que se quedaban atrás. Eduardo Acosta me instó a marcharme: «Vas a hacer lo que yo no me atreví; vete a Madrid, allí tienes menos fronteras». El empujón final lo viví en una clase de colorido en Sevilla: el profesor le dio la matrícula y el premio a una monja que pintaba «como poniendo moscas», mientras mis compañeros admiraban mi bodegón. Pensé: «De aquí hay que salir huyendo». Y me fui a Madrid.

En Madrid se produce su encuentro definitivo con los grandes clásicos en el Museo del Prado. ¿Quién le marcó más profundamente?

Ver la famosa exposición de Velázquez en el Casón del Buen Retiro fue como si se me abrieran las puertas del cielo de la pintura. El Greco me fascinó. Pero, curiosamente, la influencia más potente y duradera que he tenido en toda mi obra, sobre todo desde que terminé los estudios hasta finales de los setenta, fue la de Don Francisco de Goya. Fíjate qué vueltas da la vida que se organizó una exposición de mis grabados en la propia Casa Museo de Goya. ¡Tener la osadía de meter mi Tauromaquia de 2008 al lado de la Tauromaquia original de Goya! Para mí aquello rozaba el sacrilegio, pero fue un honor inmenso.

El Retorno Definitivo: El Reverso del Espejo en el MUBA

Aquellos viajes iniciáticos, las luces transatlánticas de Poeta en Nueva York y el eco de su triunfo en China encuentran hoy su broche de oro en el corazón de Badajoz. La inauguración de su sala permanente en el MUBA no es una exposición más; es la consagración definitiva del pintor en su propia tierra. Durante el acto oficial, la presidenta de la Diputación de Badajoz, Raquel del Puerto, elogió con fervor la trayectoria del maestro de Monesterio: «Tu realismo no es solo contemporáneo, también es original, auténtico, profundo, misterioso y valiente… Naranjo merece contar con una sala propia por su calidad, por su arte y por su maestría».

El propio Eduardo Naranjo contempla el horizonte de su carrera con una mezcla de humildad y profunda filosofía estética.

«Aquí el protagonista no soy yo, son mis obras», aclara el maestro con voz firme desde la calidez de su estudio. «Que es como decir soy yo, pero multiplicado por muchos, tantos como cuadros hay, ya que el arte no es otra cosa que un autorretrato continuo».

Al despedirnos, bajo la luz cenital de la claraboya de su taller de Monesterio, le preguntamos al pintor si el éxito internacional mitiga el peso de los años, o si sigue sintiendo la misma pulsión que aquel niño que retrataba a sus hermanas…

Yo sigo pintando bajo una disciplina dentro de cierta indisciplina, de manera un tanto anárquica según mi estado de ánimo. Pero no ha habido ni un solo día en mi vida, incluyendo fiestas de guardar, en el que no esté pintando, dibujando, grabando o escribiendo. He expuesto en lugares increíbles, como en ese museo magnífico de Hangzhou, China, y fue una experiencia impactante ver la expectación que causaba mi obra. Pero te digo una cosa: comparado con nuestra tierra, aquello no es nada. La tierra nuestra tiene algo muy propio, muy nuestro, que te hace volver a vivir.

«La tierra nuestra tiene algo muy propio, muy nuestro, que te hace volver a vivir»

Eduardo Naranjo se queda en Badajoz. Sus obras, esos espejos multiplicados de su propia alma, aguardan ya al espectador en el MUBA, recordándonos que el misterio de la realidad solo se entiende cuando se mira con los ojos valientes y generosos de un pintor.

 

Willy López/ Félix Méndez

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