A las siete de la tarde la sala OFF Cultura, en Badajoz, parece vivir un pequeño milagro. No son horas de concierto ni de bullicio, y sin embargo ya hay gente haciendo cola en la puerta. Grupos de amigos que han venido expresamente de pueblos cercanos, chavales con camisetas recién serigrafiadas, parejas que llevan toda la semana comentando el doble concierto.

Sanguijuelas del Guadiana juegan en casa. De Casas de Don Pedro, con muy poquitos habitantes, de esos que los titulares catastróficos mencionan como la España vaciada. Pero ya están ellos con la faena, de momento, de comenzar a llenarla de música potente. Carlos Canelada, Juan Grande y Víctor Arroba son Sanguijuelas del Guadiana. Tres chicos que están de vuelta, no se crean ya llevan recorrido. Ida y vuelta. Está bien irse para darse cuenta que se puede intentar crecer en la tierra donde uno nació. Aunque sea duro. Aunque la pizca de suerte no aparezca. Aunque el talento sea innegable y el esfuerzo innegociable. Por aquí andan horas previas a su segundo concierto en Badajoz, con la sonrisa de par en par, aunque el cansancio vaya por dentro. Por aquí andan, probando micros, audios, luces, bocadillos, tortilla de chorizo, refrigerios, firmando camisetas, saludando a amigos y amigas, dando abrazos, besos, chocando manos, atusando cabellos y oreando la revolá de sus vidas en salas y estadios.

Nos abre la puerta de la sala Juan, como si fuera su casa. Bonito hogar le decimos, ríe, pasad, como si fuera vuestra, nos responde. Casualidades que escapan del sortilegio generado por Sanguijuelas. Cristina, parte indispensable del engranaje de la banda desde la comunicación, pide disculpas mientras coloca carteles que ya no necesita colocar porque todos saben que está to vendío. Pedro Atanasio y el resto del equipo técnico prueba cables, micros, sonido, obsesionado con que no haya un solo fallo, aunque lleven más de noventa conciertos en un año. Desde el fondo, Jorge González, observa la escena con la paciencia de quien ya ha vivido giras imposibles y sabe que la calma es, en sí misma, una herramienta de trabajo. Del sálvase quien pueda al karma de un gran figurante.

Son ellos, los propios músicos, los que nos ofrecen una cerveza, un pincho de tortilla, un asiento y un rato para charlar. Desde ese momento percibimos que estos chicos de poco más de 25 años son diferentes. Humildes, honestos, cercanos y talentosos. Aquí arranca la base musical, las referencias: la rumba de Los Chichos y los Estopa, el recuerdo extremeño de Los Chunguitos, el Vengo de mi Extremadura del Porrina de Badajoz, los buitres negros de Extremoduro, el rock nacional de toda la vida, la música electrónica de alguna rave… y mezclan todo eso, de forma “auténtica”, en una propuesta que denominan la madera con lo electrónico y el autotune con el rock and roll.

“Lo primero es ser agradecidos. Esto que nos pasa… no es normal”

Cuando se sientan a hablar lo hacen sin pose, sin prisa. “Intentamos ser conscientes de que lo que nos está pasando no es lo normal”, dice Carlos. “Lo primero es agradecerlo. Lo segundo, no perder la cabeza”. Ellos lo llaman ida y vuelta.

—Juan: “Estuvimos una temporada en Madrid. Moverse, tocar, ver cosas, crecer. Pero siempre quisimos volver aquí. Al final te das cuenta de que desde la tierra también se puede construir”.
—Víctor: “Y que además hace falta. Porque si no hay bandas que apuesten por quedarse, todo se muere”.

Un directo que es un estallido: bestial, potente y sin frenos

El concierto que ofrecieron esa noche —y el del día anterior— es de los que se quedan clavados en la memoria colectiva. Lo dicen quienes van por primera vez y quienes repiten. Lo dicen los chavales y lo dicen los veteranos que han visto pasar décadas de música extremeña.

Apenas llevan unos meses sonando en el mapa nacional y, sin embargo, ocurre algo difícil de explicar: todo el público corea los temas como si pertenecieran a la vida de todos desde hace años. Hay una comunión casi instantánea. Canto, salto, manos arriba, gente de todas las edades —niños, veinteañeros, familias enteras, jubilados— compartiendo un rato que es más que un concierto: es desconexión, un paréntesis luminoso en medio de lo que pasa en el mundo.

Y es que el directo de Sanguijuelas del Guadiana es una máquina perfectamente engrasada: Sonido trabajado al milímetro, una banda sólida, que no pierde ni el ritmo ni la complicidad, luces que acompañan y estallan en los momentos precisos, voces que rasgan y acarician según lo que toca, un ambiente de verbena moderna, donde tradición y actualidad conviven.

La gente sale diciendo lo mismo: “No han parado ni un segundo. Han tocado a toda mecha.” Y es verdad. El concierto es un sprint emocional, un viaje sin descansos donde cada canción empuja a la que viene. No hay bajones. No hay silencios largos. No hay pausas innecesarias. Es ritmo. Es energía. Es raíz con pedal de aceleración.

La escena extremeña: talento hay, salas no tantas.

La conversación deriva hacia la música en Extremadura. No tardan en señalar un problema que viven y ven: las salas. Mejor dicho: la falta de ellas. Ya lo recordaba Robe Iniesta hace años al recoger la medalla de Extremadura.

—Carlos: “En otros sitios la gente va a una sala aunque no sepa quién toca. Van a descubrir. Aquí eso no pasa tanto”.
—Juan: “Y eso hace que muchos grupos se disuelvan. Empiezan, pero no tienen dónde tocar. Y si no tocas, no creces. Es imposible”.

Lo dicen con pena, pero también con determinación. Por eso para ellos tocar en sala es casi un acto de rebeldía. No quieren caer en la lógica del concierto de pueblo donde la gente pasa, escucha dos canciones y sigue. Ellos quieren que el público vaya a verlos porque quiere, porque lo ha elegido, porque ha comprado una entrada para ello.

—Víctor: “Para nosotros que alguien pague un ticket para venir a una sala a vernos… eso es la hostia. Eso es de verdad”.

Un estilo que no deberían mezclar… pero han mezclado…y muy bien.

Cuando hablamos de música, el trío se ilumina. Es como si de pronto todo encajara: de dónde vienen, hacia dónde van y por qué su propuesta funciona como funciona.

—Víctor: “Alguien que quiera mezclar estilos que no ha mamado lo tiene complicado. Pero en nuestro caso sale solo. Es lo que hemos escuchado desde chicos”.
—Carlos: “Queríamos hacer un disco y salió esto. Sin plan. Sin cálculo”.

Cuando sale el tema de los referentes, todos sonríen. Sí, hablan de Los Chichos, de Los Chunguitos, de Extremoduro, del Porrina… pero hay un nombre que provoca un brillo especial: Los Cabales. El grupo de verbena de toda la vida. El que marcó a generaciones en fiestas de pueblo, carpas, plazas y ferias. El que forma parte de la memoria sentimental del terruño.

—Juan: “Los Cabales son parte de nuestra banda sonora. Son verbena de verdad. Y eso está dentro de nosotros”.

Esa herencia se nota, las melodías pegadizas, la alegría, el toque popular, el ritmo que invita a bailar sin pensarlo. Los Sanguijuelas lo dirigen hacia un territorio nuevo, lo digitalizan, lo llevan a la electrónica sin perder el corazón. Es la actualización de un sonido festivo, comunitario, rural… pero sin nostalgia: con futuro.

Una pregunta inesperada de Estopa

Antes de verlos le pedimos a José Muñoz, de Estopa, que nos mande una pregunta a los Sanguijuelas, y accede encantado y cuando les ponemos el audio se echan a reír…

“Nosotros no podemos hacernos esta pregunta porque somos dos. Pero en un trío es clásica: ¿quién de los tres es el del medio de los Sanguijuelas?”

…Se ríen los tres. “Esa sí que no nos la habían hecho”, comenta Juan. Y, aunque no responden, la broma se queda flotando en el camerino. Antes de lanzar la pregunta, José les recuerda que sus padres desde su casa, ven de noche las luces de la Siberia, los destellos de los pequeños pueblos que conforman esa zona de Extremadura. En cierto modo, les bendice por volver a su tierra, y desde ella, hacer música.

Un proyecto serio que nació del desahogo

Los Sanguijuelas tocan juntos desde los once o doce años. Era un hobby que empezaba, terminaba, resucitaba y volvía a desaparecer. Hasta que en 2023 decidieron dar un paso al frente.

—Juan: “Habíamos hecho cosas, pero nunca en serio. En 2023 dijimos: vamos a hacerlo bien”.
—Carlos: “Grabamos el disco un año antes de sacarlo y nos fuimos a tocar sin que hubiese salido. Eso nos dio vida”.
—Víctor: “Y nos dejó claro que sí, que esto podía funcionar”.

El momento del salto

A veces parece que el éxito es una cosa grande, repentina y escandalosa. Pero para ellos ha sido más un zumbido que un estallido, algo que empezó bajito y ha ido creciendo poco a poco.

—Carlos: “Sentimos que estamos dando un salto, sí. Pero no lo vivimos con presión. Lo vivimos con ilusión”.
—Víctor: “Y con la sensación de que aún nos queda muchísimo por hacer”.
—Juan: “Este es solo el primer disco. Hemos empezado ahora”.

La sala se llena…y se entiende todo

Cuando acaba la entrevista, las puertas se abren. La cola de fuera parece una procesión pagana. Jóvenes, mayores, familias enteras. Entran sin prisa pero sin pausa, buscando el mejor sitio. Los Sanguijuelas suben al escenario con esa mezcla de respeto y fuego. Suena la primera base: un bombo electrónico, una guitarra que recuerda al sur y una voz que parece venir directamente de una verbena de verano en mitad de la Siberia extremeña.

Y entonces todo cobra sentido. La ida. La vuelta. El pueblo. Madrid. Lo rural. Lo electrónico. La tradición. La verbena. Extremadura arde. Sanguijuelas del Guadiana también. Y esto, claramente, no ha hecho más que empezar.

 

Ángel Luis López / Fotografía: Félix Méndez

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