Un oasis en medio de la ciudad

No es la primera vez que me siento con Emilio Vázquez Guerrero. Nos conocimos hace muchos años, cuando gané el concurso de fotografía de la Residencia Universitaria Hernán Cortés. Presenté una imagen de dos manos: las de un anciano de Baños de Montemayor que había pasado por un campo de concentración en Francia, logró escapar a Estados Unidos y allí, en Pittsburgh, conoció a su esposa, heredera de una gran industria del acero. Esa fotografía, todavía lo recuerdo, fue para Emilio algo más que un premio: fue una historia en sí misma, un destello de memoria. “Esa foto me impresionó profundamente —me dijo entonces—. Contaba sin palabras el dolor, la resistencia y el azar de la vida.”

Desde ese momento, la complicidad entre ambos fue creciendo. Coincidimos en instituciones culturales, en charlas y proyectos. Y hoy, en esta casa cargada de recuerdos donde creció junto a toda su familia, retomamos la conversación.

La entrevista no se desarrolla en un despacho ni en una sala institucional, sino en un lugar mucho más íntimo y simbólico: la casa donde Emilio Vázquez Guerrero creció junto a toda su numerosa familia. Una casa acogedora, rodeada de pisos y nuevas construcciones que han ido levantándose con la modernidad de Badajoz, pero que aún guarda su jardín amplio, lleno de vida, y rincones repletos de recuerdos.

Allí, entre fotografías, muebles antiguos y aromas de infancia, se percibe un aire de oasis en medio de la ciudad. Un refugio de sueños y memorias, un espacio que resiste, como resistió la propia ciudad marcada por la Guerra Civil y la posguerra. Desde las ventanas se adivina la transformación urbana: al fondo, el Guadiana separa barrios, pero la vida ciudadana lo vuelve a unir, con el talante abierto y hospitalario que caracteriza a los pacenses.

Es en este escenario donde comienza la conversación con Emilio Vázquez: entre la nostalgia que destila la casa, la vitalidad de una ciudad que no deja de reinventarse y el humor chispeante de un hombre que sabe convertir cada recuerdo en relato.

La ciudad herida

Hablar de Emilio es hablar de Badajoz. Una ciudad que, en sus palabras, “sufrió como pocas”. La Guerra Civil dejó cicatrices visibles y otras más silenciosas: miedo heredado, familias quebradas, barrios empobrecidos.

“Crecimos entre silencios. Mis padres habían pasado miedo, y ese miedo se transmitía como el aire: no hacía falta hablarlo, se notaba en las miradas, en las radios bajitas.”

Ese silencio recuerda a la atmósfera de La lista de Schindler: el miedo como paisaje cotidiano. O a La lengua de las mariposas, con su inocencia interrumpida y maestros traicionados. “Esa era nuestra realidad: la desconfianza, la fragilidad, la infancia marcada por la sombra de lo que había ocurrido.”

La ciudad que despierta

Hoy Badajoz es otra. “La plaza Alta recuperada, San Francisco lleno de niños, conciertos, exposiciones… Aún queda mucho por hacer, pero la ciudad respira.” Vázquez la mira como en El violinista en el tejado: un lugar que conserva sus tradiciones y al mismo tiempo se ve empujado a cambiar. “La cultura ha tenido mucho que ver en ese renacer. Las ciudades respiran a través de la cultura.”

Fútbol: la pasión de la calle

En la Badajoz de la posguerra, donde había poco pero la gente se inventaba todo, el fútbol era más que un juego: era un lenguaje común, una forma de comunidad.

“El fútbol era la pasión de la calle —recuerda Emilio—. Mi hermano y yo jugábamos en cualquier rincón, con pelotas improvisadas, con la energía inagotable de quienes encontraban en aquel balón un escape, un alivio frente a las dificultades.”

El fútbol unía barrios y amistades. Era, como en Río Bravo, el instante de camaradería, el momento en el que se borraban las distancias. “Nos peleábamos, nos reíamos, discutíamos jugadas, soñábamos con equipos grandes… pero, sobre todo, el fútbol nos dio la sensación de pertenecer a algo, de formar parte de una ciudad que aún estaba buscando su sitio.”

 

Oficio y comunidad: de los Hogares Provinciales a la Residencia Universitaria

Su carrera profesional estuvo marcada por la vocación de servicio. En los Hogares Provinciales comprendió de cerca la necesidad de apoyo a quienes menos oportunidades tenían. Después, al frente de la Residencia Universitaria Hernán Cortés, impulsó no solo alojamiento, sino también cultura, debates y cinefórums.

“No se trataba solo de dar alojamiento a jóvenes, sino de ofrecerles cultura. Había hambre de futuro y la obligación de hacerlo bien.”

Allí nació también su complicidad con muchos de los que luego serían referentes culturales en Extremadura. La amistad con Jorge Márquez, Antonio Castro o Emilio Jiménez fue creciendo entre lecturas compartidas, tertulias y proyectos comunes.

Fundación CB y vida cultural

En la Fundación CB encontró un terreno fértil para hacer de la cultura un motor de ciudad. Primero como parte del equipo de gestión junto a Emilio Jiménez, después como presidente. “Trabajar con Emilio Jiménez fue una etapa fecunda. Él es energía, yo la pausa. Nos entendemos sin choques, siempre en sintonía.”

Las esperas administrativas eran, admite, como jugar al ajedrez con la muerte en El séptimo sello: una batalla interminable contra el tiempo. Pero lo que quedó fue la certeza de haber aportado algo a la vida cultural de Badajoz.

La memoria hecha novela: El practicante

Emilio Vázquez es el undécimo hijo de Santiago y Dolores, los personajes centrales de su última novela, El practicante. No es una casualidad: de ellos parte una historia que es, a la vez, íntima y colectiva. Santiago, practicante de profesión, recorrió con sus manos y su vocación una época marcada por heridas físicas y emocionales.

El libro comienza con una frase que resume el sentimiento de toda una generación: “¡El miedo es negro y por detrás!”. Así lo sentía Santiago cuando, de niño, cruzaba los pasillos oscuros de la gran casa donde se crió. Y así lo vuelve a sentir cuando lo conducen a una habitación donde se enfrenta, solo, a su destino.

El practicante no es, como insiste Vázquez, “otro libro más sobre la Guerra Civil”. No pretende dictar sentencias historiográficas ni ofrecer conclusiones académicas. Lo que cuenta es “mi guerra, vuestra guerra, nuestra guerra”: la vivida por personas corrientes, arrastradas por un vendaval de odios y venganzas en un espacio que todos conocemos y que aún hoy lleva las cicatrices de lo ocurrido.

“Quería que desde el inicio se sintiera lo que sintieron ellos: el miedo pegado a la piel, la soledad, la incertidumbre. No es una historia más de la Guerra Civil. Es mi guerra, vuestra guerra, nuestra guerra. La de quienes fueron arrastrados por un tiempo cruel y de quienes después heredamos sus consecuencias.”

El practicante

conecta con películas como Tierra y libertad —la guerra vista desde lo íntimo, desde la gente sencilla—, Un tranvía llamado deseo —el grito desgarrador como símbolo de pérdida— y Tierra de penumbras —la necesidad de asumir la fragilidad y el dolor con dignidad—.

El benefactor anónimo

En un momento de la conversación, surge un episodio especialmente delicado. En el libro se relata cómo, en plena posguerra, un desconocido ayudó económicamente a sus padres cuando apenas tenían ingresos para sostener a la familia. Le pregunto entonces:

—¿Ha llegado a investigar quién fue esa persona que tendió la mano en aquel momento decisivo? Porque, si lo piensas, lo que es la vida… sin ese gesto, quizá su historia habría sido otra. Y quizá, incluso, esta entrevista nunca hubiese podido hacerse.

Emilio Vázquez sonríe y responde en tercera persona:

—Él nunca llegó a saber con certeza quién fue aquel benefactor. Su madre le habló de ello con el paso de los años, pero lo cierto es que, cuando quiso indagar, ya era demasiado tarde. Prefirió quedarse con la idea de que, en medio de tanto miedo, de tanta dureza y de tanto silencio, existía también un resquicio de humanidad. Ese anónimo que aparece en el libro representa a todos aquellos que, sin dejar su nombre, sostuvieron la vida de otros. Y sí, es cierto, quizá sin él nada de lo que vino después hubiese ocurrido.

El episodio podría formar parte del guion de Calabuch: una bondad silenciosa, escondida en lo más sencillo de la vida cotidiana, que salva a otros sin pedir nada a cambio. También recuerda a Esta tierra es mía, donde la dignidad se mantiene gracias a decisiones individuales que parecen pequeñas, pero que en realidad sostienen la esperanza colectiva.

Cónclave y Partenophé: la cultura como espejo

La conversación deriva hacia sus lecturas y afinidades culturales. Aparece Cónclave, de Robert Harris, esa novela donde el destino de millones se juega en las manos de unos pocos cardenales encerrados en la Capilla Sixtina. “Me interesa esa tensión —reflexiona—, ese recordatorio de que lo más trascendente se decide en el terreno más humano, con miedos, dudas y hasta miserias.”

De pronto surge también Partenophé, recuperada en el cine por Paolo Sorrentino, con toda la estética barroca, excesiva y profundamente poética del director italiano. Emilio ve en esa obra un paralelismo con la vida misma: “Las máscaras, el artificio, lo grandilocuente que esconde la fragilidad. Y, sin embargo, todo ello nos habla de lo más verdadero”. Esa forma de mirar lo cultural, no como erudición fría, sino como espejo vital, define a Vázquez como un gran conversador: capaz de saltar de la pedagogía al cine, de la historia local a la universal, siempre con un guiño de humor y con la certeza de que “todo, al final, tiene que ver con cómo elegimos vivir”.

Cine como escuela de vida

El cine fue su refugio. El recuerdo de un niño apasionado por historias que te hacían evadirte de vida misma, que contaban cosas de la misma vida, era una verdadera bomba emocional. Recoger en una secuencia de pocos segundos el paso de una vida marcó su vida. Aún lo recordamos presentado y debatiendo películas como Nosferatu de Murnau o Perdición de Wilder en el cineclub de la residencia universitaria

“El cine fue mi ventana al mundo. Para mí, las películas son un descuento de la vida.”

De Capitanes intrépidos aprendió la dureza del mar; de Raíces profundas, la nobleza del héroe que no presume; de Río Bravo, el valor de la camaradería; de El violinista en el tejado, la dignidad frente al cambio. “Cada película me dio una lección vital. Y todas, de alguna manera, están en mi forma de mirar el mundo y de escribir.”

Badajoz, amistades y pasiones

Emilio Vázquez estudió Magisterio, se licenció en Pedagogía en Salamanca y fue director de los Hogares Provinciales y de la Residencia Universitaria Hernán Cortés de la Diputación de Badajoz. También ejerció como profesor en la Universidad de Extremadura y es miembro de la Real Sociedad Económica Extremeña de Amigos del País, de la que fue vicepresidente. Hoy preside la Fundación CB, desde donde impulsa proyectos culturales que conectan pasado y futuro.

Su vida está ligada a Badajoz, una ciudad que sufrió como pocas la Guerra Civil y la posguerra, pero que hoy respira vida en sus calles, aún con mucho por hacer. Emilio siente sintonía con sus proyectos culturales, con sus cambios, con esa energía vital que late junto al Guadiana.

En su memoria también están los amigos: Jorge Márquez, Antonio Castro, Emilio Jiménez y una retahíla de gentes, de todos los gremios, clases, barrios y estamentos, una pasión por mantener y cultivar aquello que le rodea desde la honestidad.

Un conversador con humor y anécdotas

Hablar con Emilio Vázquez es entrar en un territorio de memoria y rigor, pero también de humor inteligente. Gran conversador, domina el arte de enlazar una reflexión profunda con una anécdota ligera, de recordar con detalle lo que parecía olvidado y de salpicar cada relato con guiños que hacen sonreír.

“Lo importante es hacer las cosas bien. Sin improvisar, sin concesiones fáciles. La gente, la ciudad, lo merecen.”

Su repertorio es inagotable: historias de juventud, recuerdos de cine, episodios vividos en la Residencia Universitaria o en la Fundación CB, encuentros con escritores, artistas y amigos. “La vida se cuenta mejor si se cuenta con humor —dice—. Incluso los momentos difíciles, vistos con distancia, tienen su lado de aprendizaje y de ironía.”

Ese humor no es superficial: es la manera que tiene Emilio de mirar la vida con cierta distancia, de no tomarse demasiado en serio a sí mismo, de relativizar sin perder la profundidad. Como en La Strada, donde la tragedia convive con la risa inocente, o como en Un tranvía llamado deseo, donde incluso en el exceso hay humanidad, Emilio se mueve con la naturalidad de quien entiende que la vida es también teatro y que la conversación, cuando se comparte, se convierte en un arte.

Hora de descansar

Emilio Vázquez anuncia que se retirará en breve tras una etapa de intensa actividad cultural al frente de la Fundación.

¿Cuándo se hará efectiva tu jubilación?
Dentro de muy poco. No es porque alguien me lo haya sugerido ni porque me consideren mayor: es una decisión personal.

¿Por qué ahora?
Porque siento que ya he entregado toda la ilusión posible en la Fundación. Hemos hecho lo mejor que podíamos hacer y creo que lo que falta por hacer debe llevarlo adelante otra persona.

¿Qué supone para ti dar este paso?
Reconocer que he cumplido un ciclo. Estoy satisfecho, tranquilo. Me voy con la sensación de haber contribuido a que la Fundación creciera y cumpliera un papel cultural importante en la ciudad.

¿Qué balance haces de tu etapa al frente de la Fundación?
Muy positivo. Hemos vivido una etapa de enorme creatividad, sobre todo trabajando mano a mano con Emilio Jiménez. La complicidad fue total: yo llevaba el “lápiz azul” y él el “lápiz rojo”. Esa fórmula funcionó a la perfección.

¿Y las dificultades?
Claro que las hubo. Sobre todo la lentitud administrativa: es incomprensible para quien viene del sector privado.

¿Con qué te quedas?
Con la creatividad, con el trabajo en equipo y con la certeza de que Badajoz ha avanzado culturalmente. Para mí ha sido un orgullo contribuir a ese proceso.

 

Al final, Emilio Vázquez se define en tres palabras: rigor, humor y ciudad. Ha visto a Badajoz herida y la ha visto resucitar. Ha puesto su empeño en que la cultura fuese un camino de dignidad. Ha ejercido la docencia, ha gestionado instituciones, ha cultivado amistades fecundas en la cultura extremeña, ha ocupado responsabilidades en sociedades culturales y hoy preside la Fundación CB con la misma convicción de siempre. Y ha escrito El practicante como quien entrega un legado.

“Lo importante es hacer las cosas bien. Lo importante es dejar memoria, porque sin memoria no hay futuro. Y lo importante es la ciudad: tener buena sintonía con ella, acompañarla en su despertar.”

Como en las películas que tanto ama, su relato queda abierto, sin cierre rotundo. Porque la vida —y la historia de una ciudad como Badajoz— siempre guarda una última escena pendiente de rodar.

 

Willy López / Félix Méndez

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