No se lo crean, José Miguel Conejo Torres está acostumbrado al calor extenuante de Badajoz. Sus notas destilan sudor de frontera mexicana con Texas. De El Paso a la aduana de Caya, de ahí nacen los grados necesarios para parir un Gigante. Un rancho de canciones, un tal Robe, un brasileño del Atleti de los años 70 y una canción perdida en un ángulo muerto. Añadan o quitan lo que quieran. Pero grados aguanta impasible, este artista de apenas seis arrobas de peso, y lo hace sudando a borbotones, como lo hacía Zidane antes de darle un cabezazo a Materazzi, pum, en plena final, y arranca el concierto. Puntual y digital, 00:00:00.
Una gota de ese sudor llega de un lado al otro del recinto en menos de tres canciones. El abrazo de un amigo empapado roza el labio de la chica de al lado, que posa su mano sobre el hombro para pasar el vaso de cereza que, dando saltitos en un ataque de ira de la banda, se impregnan en el beso que se dan las dos chicas de emoción hasta recorrer todo el público. De este a oeste. El Polvo de los días raros y una noche de feria con Leiva.
Elegante, fino, medio sheriff, medio indio, recuerda sus años de pistolero de la banda de los Pereza, un Patt Garret de la música, cuando llevaba Fender Telescaster como si fuera una Winchester, cuando se batía en duelo entre el pop y el rock, para con el paso del tiempo, y un sombrero con más roña, sonar de lujo, de principio a fin, con más soul y rock & roll en su puñado de canciones. Princesas y viejos temas que disiparon por un par de horas el sonido de las tómbolas con acordes donde parecían no jugarse nada, como si fueran a morir mañana. Una petición analógica en tiempo digitales; móviles en modo avión y un tema para volver a despegar. Simplemente Leiva.
Lo simple acarrea una grandeza infinita, hacerlo simple ni se lo imaginan, parecerlo, una honestidad monumental, la misma que Benjamín Prado, corrobora con versos callejeros, un tipo con talento absolutamente desmesurado. Entre amigos, los tequilas no necesitan de sal y limón, y aquí Sabina, es más cauto con Leiva, le avisa de su clavícula de platino, no quiere robos de última hora. Última canción, último bis, reverencias y aplausos, muchos aplausos, hasta convertir en barro el sudor que se desploma de entre las manos, mordiendo la arena. Agigantado.
Willy López / Félix Méndez















