Los catorce fantasmas

Llevamos toda la vida muriéndonos. Si hay algo que caracteriza al ser humano, además de la vida, es que acaba muriendo. Y lo ha hecho desde el principio. Algunos expertos coinciden en una cifra aproximada de 117 mil millones de personas las que habrían nacido a lo largo de la historia. Ahora somos algo más de 8.000, lo que significa que hay unas 14 personas muertas por cada persona viva. En 2001, una odisea del espacio, Arthur C. Clarke empieza la novela hablando de esto, y dice “cada persona tiene 30 fantasmas”. Hoy, los datos más precisos dicen que son unos 14.

Todas esas personas enterradas o incineradas en algún sitio. La mayoría de los cementerios que conocemos son de finales del siglo XIX, cuando los enterramientos empiezan a sacarse de la ciudad. De los 14 muertos que nos corresponden, podemos tener en un cementerio cuatro o cinco, como mucho hasta los bisabuelos. De ahí para atrás, salvo personajes históricos, no sabemos dónde están. Pero es probable que enterrados, la mayoría, en sitios muy diversos. Así que puede que cuando das un paseo por el campo estés pisando el polvo de tus antepasados. La tierra está llena de muertos.

Pero, la mayoría de esas muertes históricas no tiene que ver con nosotros. No estábamos, ni siquiera existíamos, así que miramos atrás con una cierta despreocupación. Ya solo son polvo y no tienen nada que ver conmigo. Así que solo nos preocupamos de los muertos contemporáneos, y especialmente, de los que conocemos personalmente. El dolor por la muerte es proporcional al apego que tuvieras por esa persona, cuanta más cercanía más dolor.

Hay también dolor, sin embargo, en muertes que son lejanas, pero que nos afectan por diferentes motivos. Por pena, o sea, por empatía hacia esas personas. Muertes trágicas, llamativas, muertes de menores, muertes injustas, muertes evitables. Algo que nos caracteriza, la empatía, hace que podamos ponernos en la piel de la persona que sufre y sentir su dolor. Gracias a eso ayudamos, colaboramos y asistimos a las personas que sufren. Por eso cuando hay una catástrofe y muere mucha gente, se desata una ola solidaria que siempre nos sorprende, aunque es lo habitual.

Sin embargo, las desgracias que conllevan muchas muertes, como el reciente accidente ferroviario de Adamuz, no solo hace que reaccione nuestra parte empática y solidaria, sino también la más ruin y perversa. La ira, el odio, la venganza o el deseo de hacer daño a alguien, salen también a flote como otra característica habitual del ser humano. En los medios de comunicación se repetía el primer día un mensaje claro: ya habrá tiempo de buscar responsabilidades, ahora lo importante es atender el dolor de las víctimas. El segundo día ya habían olvidado esa consigna la mayoría de ellos. Lo que demuestra que era mentira que lo importante fuera el dolor; lo importante era tener dianas sobre las que disparar, aunque eso no calme ningún dolor, más bien lo pueda incrementar. Y lo peor de todo es que siguen hablando de las víctimas, utilizándolas para mostrar su dolor como justificación de todos los ataques iracundos y primitivos que realizan. Sabemos que, cuando trabajamos con alguna víctima de una catástrofe, lo último que necesita es ruido. Sin embargo, nos vemos obligados a, no solo trabajar su duelo, sino también estrategias para que no afecte todo ese ruido a sus sensibles oídos. Una pena, un dolor adicional, innecesario.

Me gustaría decirle a alguna de estas personas ladradoras, que piensen en los catorce fantasmas que llevan encima. Quizá esa imagen les haga aumentar la empatía y disminuir la ira. Porque todos vamos a morir algún día, y nos gustaría que después hubiera respeto y consuelo para las lágrimas de los familiares. Y no ladridos de perro salvaje.

Fran Serrano / Psicólogo y escritor

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