Fui a París a mediados de los años setenta y fui allí muy pobre y muy infeliz. Me gustaría poder decir que fui feliz como Hemingway, pero entonces volvería simplemente a ser el pobre joven, guapo e idiota, que se engañaba todos los días a sí mismo y creía que había tenido bastante suerte de poder vivir en aquella cochambrosa buhardilla que le había alquilado Marguerite Duras al precio simbólico de cien francos al mes.
Esto de arriba lo escribía Enrique Vila-Matas, en París no se acaba nunca, lo relata ese loco, pero creativo autor catalán que tanto admira Máximo Huerta, el autor de París despertaba tarde, su última novela, ambientada en la fascinante capital francesa de los años 20. Del 1924, me corrige el escritor de Buñol. La misma ciudad, la de París era una fiesta de Hemingway, donde eran muy pobres, y a diferencia del falso Ernest, muy felices. La misma que cosió el escritor americano, con vino y absenta entre los murmullos nostálgicos de una Kiki de Montparnasse. Ese París donde la gente quería vivir, donde la muerte aún rezumaba en los vestigios de la Primera Guerra Mundial y donde Alice Prin, la misma Kiki de arriba, sirvió para el autor de aquí abajo.
Máximo Huerta visita la ciudad de Badajoz de nuevo, y admira sin ambigüedades esta Feria del Libro del sur extremeño, lo dice desde dentro, y eso se huele, alaba esta actividad cultural a la que añade que nada tiene que envidiar con cualquier otra de este país. Hace años estuvimos con el periodista, con Maxim, con el hastiado de la televisión, también estuvimos con Máximo, una semana antes de que le nombraran Ministro de Cultura. Estuvimos con mascarilla hablando de una futura librería, de su perro Leo, de su madre, estuvimos con el Máximo gabacho, al que Montparnasse le ha servido de bálsamo de Fierabrás, al escritor más apasionado por hacer leer un libro entero, a la amiga del comercio de enfrente de su librería, tras décadas sin hacerlo, que al obligado de responder sobre el periodismo sin caer en una boutade onanística de su propia profesión.
Con los dedos de las manos simulando un pico hacia el cielo, como si fuera la Torre Eiffel, una constante en los gestos de Claudia, la chica de lengua de signos, al traducir París durante la conferencia, bailamos al marchamo que asume esta última novela del autor valenciano. Podría ser cualquier otra ciudad, pero para Máximo, esa es la ciudad, la que fue centro del mundo, la creativa, apasionada, aderezada por el alcohol y la cocaína, la que admiraba en aquellos años 20, donde la mujer era maltratada, y donde la apoplejía mental de algunos artistas obligaba a cercenar los apellidos femeninos, autoras todas ellas, de una revolución, dura, alegre y bastarda en ocasiones, de un momento único en la historia. Esa que refleja los relatos de Huerta en esta novela, y seguro, muchas de las que vendrán en un futuro muy cercano. Lo que tarde en volver en tren a su tierra desde Extremadura.










