Hay artistas que esquivan el barro. Kiko Veneno no. Se mete hasta las rodillas. Habla sin red, sin nostalgia impostada y sin diplomacia cultural. Habla de guerra, de capitalismo, de una izquierda desactivada, del miedo como atmósfera y de una música que —según él— ha perdido el alma. Pero también habla del teatro, del silencio compartido y de tocar en grupo como acto de resistencia.

Kiko volverá pronto a Extremadura, al Teatro López de Ayala. Y la visita tiene memoria. Ya estuvo en Badajoz hace más de diez años, cuando lo entrevistamos en la mítica Sala Mercantil —hoy convertida en La Santa— y nos confesó, casi con sorpresa, que era la primera vez que actuaba en la ciudad. Aquella frase quedó flotando como una anomalía histórica: uno de los nombres esenciales de la música española pisando por primera vez la capital pacense en pleno siglo XXI. Ahora regresa con más carga reflexiva que nunca. Y con un nuevo capítulo musical bajo el brazo. Con esa mezcla de sabiduría callejera y mirada larga que siempre ha tenido. La conversación arranca en el presente —ese presente acelerado que parece mutar cada mañana— y acaba atravesando la historia, la cultura y el ego humano como si fueran el mismo problema con distintos disfraces.

“Te levantas, lees el periódico y da miedo”

Kiko, comentabas recientemente sobre esa sensación de acostarte y despertarte con la impresión de que el mundo ha cambiado de repente

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Sí. Vivimos una sensación constante de aceleración. Todo parece ir en contra de la naturaleza humana: a favor del dinero, de la crueldad, de lo peor del ser humano. Estamos en un valle muy bajo de la onda. Y lo peor es que no es casualidad: estamos recogiendo lo que hemos sembrado durante siglos. No es que antes existiera una solución clara, pero ahora te levantas, lees el periódico y da miedo. Da miedo leerlo.

“No creo que la historia sea cíclica”

Hay quien dice que la historia se repite.

Yo no lo creo. Para mí la historia no es cíclica. No estamos simplemente repitiendo una fase anterior. En los años sesenta, por ejemplo, había esperanza. John Lennon representaba, con todas sus contradicciones, una idea de convivencia, de humanidad, de un mundo sin guerras. Hoy estamos en otra cosa. Estamos en el videojuego de la guerra y en la guerra real. En las opiniones generadas por robots, en campañas de odio automatizadas, en la deshumanización del otro. Se difunden mentiras, se alimenta la homofobia, el racismo, el desprecio al inmigrante. Una crueldad sin razón se ha apoderado de una parte de la raza humana.

“La izquierda dejó de dar respuestas”

¿Dónde sitúas el origen de este deterioro?

En gran parte en el fracaso histórico de la izquierda. Durante los últimos sesenta o cien años no ha sabido dar respuestas reales a la inquietud de la gente por cambiar las cosas. Después de Hitler, de la Segunda Guerra Mundial, y con el miedo a Estados Unidos, la izquierda eligió aceptar el capitalismo e intentar suavizarlo. Pero cuando abrazas el capital, te conviertes en capitalista. Dejas de representar a la clase trabajadora y pierdes la posibilidad de ofrecer una salida distinta. Hoy la única salida verdaderamente humana pasa por la cooperación, por lo social, por volver a una idea de socialismo basada en colaborar. El camino individualista solo ha conseguido que triunfen los más crueles, los más despiadados, los más egoístas.

“La historia de la guerra se ha contado mal”

También cuestionas el relato histórico dominante.

Claro. La Segunda Guerra Mundial la ganaron los rusos, y eso se ha ocultado. Estados Unidos llegó a Europa cuando la guerra estaba prácticamente ganada. Y, sin embargo, se construyó un relato que les colocaba como salvadores. Si estudiamos un poco la historia, vemos que Estados Unidos vendió el acero que Hitler necesitaba en los años treinta para prepararse para la guerra. Desde ahí se construye un mundo dirigido por ellos, y la izquierda entra en un proceso de aceptación, de corrupción, de puertas giratorias. Eso pasó en España y en todo el mundo. Hoy no existen medios de comunicación de izquierda fuertes, ni partidos que representen de verdad una alternativa. El abanico ideológico ha desaparecido.

Cultura, salas y dinero

En 2014 ya hablabas de la falta de salas para tocar.

Y sigue igual o peor. No hay una política cultural real. En los años setenta se pensaba que habría una política social y cultural que haría las ciudades más habitables. Pero eso no ocurrió. Hoy todo gira en torno al dinero. Al capital no le interesan las pequeñas culturas, ni los espacios donde se crea comunidad. Le interesan los grandes conciertos, los estadios, el fútbol, los videojuegos. Eso es lo que genera beneficio, y lo demás se abandona.  El tejido pequeño se desangra, el silencio del público es la base del respeto. Ahí empieza todo.”

Y lo dices sin retórica alguna: tocar sentado, escuchar respiraciones, sentir la atención.

Claro que sí, eso es cultura de verdad.

El teatro como resistencia

Ahora vuelves al teatro con un formato más íntimo.

El teatro genera una complicidad única. El silencio del público es la base del respeto y de la creatividad. Es un diálogo muy limpio. Ellos están sentados, nosotros también. Escuchamos. Me gusta esa cercanía, incluso reducir el espacio, hacerlo más humano. Repito, eso es cultura de verdad: el encuentro entre personas.

“La música ha perdido alma”

Raimundo Amador nos decía en una entrevista que la música actual es menos auténtica

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Estoy de acuerdo. Hay buenos músicos y grandes profesionales, pero falta entrega. Falta alma. Hoy se usa el autotune para disimular carencias. Es una música formalmente infantil y artísticamente pobre. Ya no hay canciones que cuenten la vida. Antes el pop hablaba de historias, de personajes, de emociones colectivas. Ahora todo es “yo, yo, yo”. Ese yoísmo no lleva a la plenitud, lleva a la miseria y a la estupidez.

“No aprendimos nada de la pandemia”

¿La pandemia marcó algún cambio?

No. Se utilizó para esperar a que pasara y volver exactamente a lo mismo. No hemos aprendido nada. Seguimos reaccionando con estupidez incluso ante nuestra propia supervivencia.

El valor del grupo

Para terminar, ¿sigues creyendo en el trabajo colectivo?

Absolutamente. Los grupos son difíciles, pero son lo más bonito. Yo vengo de Veneno y sigo defendiendo esa idea: un conjunto de iguales, una asociación creativa. Eso es resistencia. Cuando varias personas crean algo que no podrían hacer solas, ahí hay verdad. En tiempos de hiperindividualismo, tocar en banda es casi una postura ideológica.

“La música compartida es resistencia”

Nuevo trabajo, nueva etapa

El regreso a Extremadura coincide con un momento creativo clave. Su último trabajo destacado es la grabación en directo Kiko Veneno en La Carbonería, un miniálbum publicado a finales de 2025 que recoge siete canciones inéditas registradas en formato acústico.cEl proyecto funciona como adelanto de lo que viene: un nuevo álbum de estudio previsto para 2026, ya bajo el paraguas de Subterfuge Records, sello histórico del indie nacional. El fichaje marca una nueva etapa en su carrera, demostrando que Kiko no vive de aniversarios ni de homenajes, sino de movimiento. La grabación en La Carbonería no es un gesto nostálgico: es una declaración de intenciones. Canciones desnudas. Sin artificio. Sin armadura tecnológica. Solo voz, guitarra y verdad.

Regreso con memoria

Cuando vuelva a Badajoz, no será la primera vez. Pero sí será otro capítulo en una relación curiosa con la ciudad que tardó décadas en estrenarse. Aquella vez, en la vieja Sala Mercantil, decía sorprendido que era su debut en la capital pacense. Hoy regresa con más historia encima, más desencanto político, más claridad crítica… y nuevas canciones. No viene a celebrar nada. Viene a tocar. Y quizá, entre canción y canción, a recordarnos que el problema no es solo económico o ideológico. Quizá el problema —insiste— es que hemos confundido libertad con ego. Y mientras discutimos quién grita más fuerte, el mundo sigue girando hacia un lugar donde el silencio —el verdadero silencio— se ha convertido en un lujo. Por eso el teatro importa. Por eso la canción importa. Porque durante una hora y media, al menos, dejamos de decir “yo” y empezamos a escuchar.

Willy López / Félix Méndez

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