1973
no fue un año cualquiera. El mundo que vio nacer a Quique González empezaba a resquebrajarse por varias costuras, aunque muchos aún no lo sabían. Fue el año de la crisis del petróleo, cuando el modelo de crecimiento ilimitado mostró por primera vez sus grietas y la palabra “escasez” empezó a colarse en las conversaciones cotidianas. Las luces seguían encendidas, pero ya no brillaban igual. En Estados Unidos, Richard Nixon pronunciaba su famoso “I am not a crook”, mientras el caso Watergate erosionaba la confianza en el poder político y marcaba un antes y un después en la relación entre ciudadanía y gobiernos. En Chile, el golpe de Estado de Pinochet ponía fin al sueño de la Unidad Popular y abría una herida que aún hoy supura memoria y dolor. El mundo entendía que la estabilidad era una ilusión frágil.
En España, todavía bajo la dictadura franquista, la censura seguía marcando los límites de la cultura, pero algo empezaba a moverse por debajo: canciones que se compartían en voz baja, libros que pasaban de mano en mano, una necesidad creciente de contar la verdad aunque fuera entre líneas. No había exceso de información, pero sí una enorme sed de significado.
Musicalmente, 1973 fue también un año bisagra. Pink Floyd publicaba The Dark Side of the Moon, Lou Reed caminaba por la cuerda floja de Berlin, David Bowie despedía a Ziggy Stardust y el rock comenzaba a mirar hacia dentro, menos épico y más humano. La música empezaba a hablar de grietas, de miedos, de identidad. De personas.
En ese contexto nació Quique González. Y no es casual que, décadas después, titule su último disco 1973. No como un ejercicio de nostalgia, sino como una reivindicación de un tiempo donde las cosas se hacían despacio, donde las canciones se escuchaban enteras y donde la cultura no competía contra un algoritmo. Hoy, cuando vuelve a Extremadura para presentar ese trabajo, Quique no regresa solo con un disco nuevo, sino con una mirada que conecta aquel mundo que empezaba a romperse con este otro que parece desbordarse. Y lo hace desde el escenario que mejor protege sus canciones: el teatro, el silencio y la escucha.
Quique González: volver a Extremadura, volver al silencio
Quique González regresa a Extremadura con la serenidad de quien no necesita demostrar nada. Cáceres y Badajoz lo reciben este fin de semana en formato teatro, un espacio que el músico reivindica como el lugar natural para que sus canciones respiren. —“Nos apetecía mucho volver. Esta vez en dos teatros, Cáceres y Badajoz. Seguramente tocaremos canciones que aún no hemos estrenado en directo. Será un formato más acústico, aunque con toda la banda y con energía”, explica.
No es una elección casual. Quique insiste en que el teatro permite algo cada vez más escaso: atención. —“En los teatros las canciones brillan más. Hay más silencio, más concentración, se aprecian mejor los matices. En las salas es más difícil; a veces se pierde la experiencia porque hay gente que viene a hablar”. Habla desde la experiencia. Recuerda conciertos interrumpidos por el murmullo constante del público, situaciones incómodas para músicos y oyentes. —“No entiendo pagar una entrada para no escuchar. Es una falta de respeto para todos, incluso para uno mismo. La música no debería ser solo un acto social, sino una experiencia”.
Faltan espacios, sobra ruido
La conversación deriva hacia algo que Quique conoce bien: la desaparición de salas, la precariedad cultural y la falta de espacios protegidos para la música en directo, especialmente en regiones como Extremadura. —“Las salas deberían ser un bien cultural. Espacios de convivencia, de desarrollo artístico. Sin ellas, es muy difícil que una escena crezca”. En ese punto aparece inevitablemente el recuerdo de Robe Iniesta, figura fundamental del rock español. —“Robe era una institución. Para el rock, lo que Camarón fue para el flamenco. Su pérdida se siente muchísimo”.
“En los teatros las canciones brillan más. Hay más silencio, más concentración, se aprecian mejor los matices. En las salas es más difícil; a veces se pierde la experiencia porque hay gente que viene a hablar”.
1973: memoria, clima y resistencia
El nuevo disco, 1973, no mira al presente digital ni a la hiperconectividad. Es un trabajo que parece suspendido en el tiempo, donde aparecen palabras como petricor, ese olor a tierra mojada que tanto significa en una región donde llueve poco. —“Vivo en Cantabria, en una zona rural, y el clima está muy presente en las conversaciones. Me gusta introducir palabras que escucho a mi alrededor, aunque no sean universales”.
El disco habla de un mundo que ya no existe del todo: cuando descubrir música requería tiempo, paciencia y atención. —“Antes no teníamos acceso a todo. Le dábamos tiempo a los discos, los asimilábamos. Ahora tenemos todo a un clic, pero lo consumimos sin profundidad”. No es nostalgia, es preocupación. —“La comunicación es más fácil que nunca, pero hay más soledad que antes. Las pantallas son adictivas. No creo que esto no nos pase factura”.
La caja de herramientas
En una de las canciones clave del álbum, Quique canta: “Tendrás que abrir la caja de herramientas en los días que vendrán”. La frase suena casi profética. —“Creo que vienen olas grandes. Necesitaremos herramientas para levantarnos, para reconstruirnos, para no caer en la grieta”. 1973 también es un disco marcado por el proceso. La grabación tuvo que rehacerse en parte, un golpe que terminó convirtiéndose en oportunidad. —“Fue un palo volver al estudio, pero nos permitió mejorar cosas. Al final quedó un equilibrio entre lo acústico y lo eléctrico, y estamos muy contentos”.
“Robe era una institución. Para el rock, lo que Camarón fue para el flamenco. Su pérdida se siente muchísimo”
La banda, el núcleo
Para Quique González, la música no se entiende sin la gente que lo acompaña. —“Le doy una importancia fundamental a mis compañeros. Tony Brunet, Jacob, Charli… llevamos muchos años juntos. Hay una química especial”. Más que músicos contratados, son parte del discurso artístico. —“Me gusta compartir, dejarles libertad, empaparme de su talento. Las canciones crecen con ellos”.
Industria, algoritmo y resistencia
Coincide con la reflexión que plantea Leiva en su documental: una industria que devora procesos. —“Antes se daba más tiempo a los artistas. Ahora, si un disco no funciona rápido, se guarda en un cajón. Y este oficio va de proceso, de crecer poco a poco”.
Por eso valora tanto su independencia. —“Tengo la suerte de trabajar al margen de la gran industria. Con mi sello, Varsovia, con Cultura Rock. Tengo control y libertad para hacer los discos que quiero”.
Ahora es ahora
Antes de despedirse, queda una idea flotando, tomada de la última película de Wim Wenders, Perfect days: Kōdō wa kōdō, ima wa ima —»Entonces es entonces, ahora es ahora”—. Una filosofía que encaja con la trayectoria de Quique González: atención al presente, respeto al oficio y belleza en la rutina.
“Antes no teníamos acceso a todo. Le dábamos tiempo a los discos, los asimilábamos. Ahora tenemos todo a un clic, pero lo consumimos sin profundidad”
Cuando Quique González se despide, no lo hace con promesas ni con consignas. Lo hace como escribe canciones: dejando espacio. Afuera el mundo sigue acelerado, saturado de ruido y pantallas; dentro, durante un par de horas, queda la posibilidad de otra cosa. De escuchar sin prisas. De reconocerse en una frase, en un acorde, en una palabra antigua que vuelve a tener sentido. Quizá 1973 no sea solo el año en que nació, sino un lugar al que regresar de vez en cuando. Un refugio. Este fin de semana, en los teatros de Cáceres y Badajoz, Quique González no viene a explicar el tiempo que vivimos, sino a acompañarlo. Y eso, hoy, ya es mucho.
Willy López / Foto. Fernando Maquieira












