Día de procesión…no sé ni que día es…emoción.

La túnica lleva días colgada, esperando. No es una prenda más. Tiene un olor que solo aparece esta semana: mezcla de armario cerrado, de años acumulados, de algo que no sabría nombrar. La saco con cuidado, como si al tocarla se activara todo lo que viene detrás. Doblo el cíngulo. Repaso el antifaz. Compruebo el cirio. Siempre hay algo que revisar, aunque esté todo listo. No pienso demasiado. Mejor así.

Horas antes de salir. Apagar el móvil.

Vestirse no es automático. Es un proceso lento, casi íntimo. Primero la túnica, que cae con ese peso suave pero constante. Luego el cíngulo, apretando lo justo. Después los detalles: el escudo, los guantes, el calzado que sé que me va a acompañar durante horas. El antifaz lo dejo para el final. Siempre. En casa hay silencio o ruido nervioso, depende del año. Alguien pregunta si llevo todo. Yo asiento, aunque por dentro repaso una lista invisible. Y entonces, el gesto: el antifaz cayendo sobre la cara. Ahí cambia todo.

Salida…el color importa…

La calle está distinta. No es una calle cualquiera. Es otra cosa. Me coloco en mi tramo. Apenas reconozco a nadie, y eso forma parte del juego. Nos miramos sin vernos, nos identificamos por la altura del capirote, por la forma de andar, por pequeños gestos que solo existen aquí. El cirio pesa desde el principio. Más de lo que recordaba. Empieza la espera.

Primeras horas

El tiempo no avanza igual aquí dentro. Se mide en pasos cortos, en paradas, en órdenes que llegan desde delante. A veces no sabes qué está pasando, solo sientes que hay que moverse o detenerse. La cera empieza a caer pronto. Siempre hay una primera gota que sorprende. Luego vienen más. En la mano, en el suelo, a veces en los zapatos. Aprendes a convivir con eso. “Al final ni te enteras”, me dijeron una vez. No es verdad del todo. Te enteras, pero lo aceptas. Miro a través del antifaz. El mundo aparece recortado, limitado a dos pequeñas aberturas. No ves el conjunto, ves fragmentos: un balcón, unas manos que aplauden, un niño que señala, una mirada fija en el paso que aún no ves. Es una forma extraña de estar: presente y aislado al mismo tiempo.

Mitad del recorrido

El cuerpo empieza a hablar. Los pies, sobre todo. También los hombros, la espalda. El cirio ya no es solo un objeto: es una extensión de uno mismo, incómoda pero inevitable. El silencio pesa en algunos tramos. En otros, se rompe con música lejana, con algún comentario que se escapa en voz baja. No hablo mucho. Casi nadie lo hace. Hay momentos en los que me pregunto por qué estoy aquí. No es una duda incómoda, es más bien una constatación. Y siempre aparece alguna respuesta: por costumbre, por promesa, por algo que no sé explicar mejor. Sigo.

El paso

No lo veo venir. Lo siento. El murmullo cambia. La gente se mueve de otra manera. El aire parece distinto. Y entonces aparece, fragmentado entre los huecos del antifaz. No lo miro fijamente. No hace falta. Es en ese momento cuando todo encaja un poco. El cansancio, la espera, el silencio. Todo encuentra su sitio, aunque sea por unos segundos. Luego sigue. Parece que estoy sólo en medio de todo y todos.

Tramo final

La ciudad ya no es la misma que al principio. Hay más cansancio, menos ruido, otra luz. Nosotros también hemos cambiado un poco. Caminamos distinto, más pesados, más conscientes de cada paso. La cera se ha acumulado. En el suelo quedan rastros de todo lo que ha pasado. Es como si la procesión dejara un rastro físico de su propio tiempo. Queda poco, pero todavía queda.

Entrada

Es casi más difícil que salir. El cuerpo sabe que está cerca del final, pero aún tiene que responder. Las filas se tensan, se ordenan, se preparan para cerrar el círculo. Cuando todo termina, no hay un estallido. Hay más bien un descenso. Me quito el antifaz. El aire en la cara es distinto. Más frío, más real. Vuelvo a ser reconocible, aunque por dentro todavía estoy en otro sitio. Nos miramos. Ahora sí. “Hasta el año que viene”, dice alguien. Y suena a promesa.

Toca guardar para otro año

La túnica vuelve al armario. El cirio queda consumido. El cuerpo duele. Pero hay algo que permanece. No sabría explicarlo del todo. Quizá no haga falta. Solo sé que, cuando vuelva a sacar la túnica el año que viene, todo esto regresará de golpe. Como si no se hubiera ido nunca. Y volveré a vestirme. Y volveré a caminar. Y volveré a mirar el mundo a través de dos pequeños agujeros, buscando algo que no termino de definir, pero que siempre aparece.

 

Willy López / Félix Méndez

Con el territorio, la sociedad

Y la Cultura

  • Publicidad Cáceres 2031
  • Publicidad Pasión por la cultura
  • Publicidad Diputación de Cáceres
  • Fundación CB
  • La Bodega de Santa Marina - tienda de vinos