En Badajoz el Carnaval tiene concurso, teatro y focos…pero también tiene trinchera, esquina y barra de bar. Ahí reinan ellas: las murgas callejeras, las “ilegales”. Ilegales no porque hagan nada malo —salvo reírse del poder—, sino porque no compiten, no piden permiso y no necesitan telón. Son la versión más cruda y hermosa del Carnaval de Badajoz. La que huele a madrugada, a maquillaje corrido y a letra recién parida.
Letras sin correa, disfraces sin manual
Las murgas callejeras no ensayan para un jurado. Ensayan para el que pase. Sus letras son descaradas, actuales, afiladas. Hablan del alcalde, del vecino, del gobierno, del precio de la luz o del último cotilleo local. Hoy cantan una cosa, mañana la cambian. Porque la calle manda. Los disfraces no buscan perfección, buscan impacto. Togas romanas con deportivas. Traje regional extremeño con chupa de cuero.
Superhéroes en bata de casa. Y lo mejor: están formadas por hombres y mujeres, por veteranos y debutantes, por músicos curtidos y por auténticos locos y locas de esta fiesta. Gente que vive el carnaval como religión pagana y que no entiende febrero sin bombo, caja y gargantas rotas.
El Círculo Pacense: del celuloide al estribillo
Y cuando la noche cae, el santuario es el Círculo Pacense. Ese salón donde hubo teatro, donde se proyectó cine y donde la gran pantalla enseñó más piel de la que confesaba el cura…vibra con conciertos y coplas carnavaleras. Donde antes se aplaudían escenas de ficción, ahora se corean pasodobles. Donde hubo silencio de butaca, ahora hay palmas, risas y afinaciones valientes. El antiguo escenario es hoy territorio murguero. La historia cultural del edificio no se borra: se transforma en eco carnavalero.
La Agrupación Carnavalesca Callejera de Badajoz
Entre las que nunca faltan está La Agrupación Carnavalesca Callejera de Badajoz. Un nombre largo para un espíritu libre. Formada por antiguos músicos de murgas consolidadas, gente del teatro, de la música en directo y de bandas que han hecho vibrar la ciudad. Y este año, bajo la toga gamberra de Agunt Platea Coetus, demostrando que lo romano puede ser muy poco imperial y muy mucho irreverente.
Son músicos que saben lo que es un teatro lleno, pero prefieren el calor de la gente a medio metro. Son actores que entienden el ritmo de una escena, pero cambian el guion según la risa del público. Cuando aparecen los Agunt Platea Coetus, no entra una toga más en el salón….Orfeo, que en vez de lira lleva caja y más mala idea que el BOE. Emérito (el de Mérida), que abdica, pero no calla. Cenicerón, que echa ceniza hasta en las redes sociales. El Imperator, que manda… pero en su casa tampoco. El Cinturión de Seguridad, que no controla ni la fila del baño. Soponcio Pilates, que se lava las manos… pero se mancha cantando.
Locura organizada…o no
Las murgas callejeras no tienen camerino. Tienen esquina. No tienen programa oficial. Tienen rumor. No tienen premio. Tienen aplauso espontáneo. Y quizás por eso son imprescindibles. Porque el Carnaval de Badajoz no se sostiene solo con focos y concursos. Se sostiene con esa gente que canta porque no sabe hacer otra cosa en febrero. Con hombres y mujeres que, cuando escuchan el primer redoble, sienten que empieza el año de verdad. Las “callejeras” no piden escenario. Se lo fabrican. Y mientras exista una calle, una sala abierta en el Círculo Pacense y un puñado de locos y locas dispuestos a cantar…el Carnaval seguirá siendo libre.
Félix Méndez / Willy López














