A diferencia de lo que escribe Julian Barnes: La ventaja de hallarse en el lugar mismo de una explosión es que nadie te pisotea. Todo el mundo huye del epicentro, en un logro deportivo, genera el efecto opuesto. Nos referimos a los que han lanzado la bomba; y el sudor, los aullidos y las lágrimas se refriegan dulcemente con una pelota de baloncesto. Hasta aquí la épica.

Ahora mismo hay una batería incuantificable de personas esperando a uno de los diez conciertos de Bad Bunny, en Madrid, también colas de aficionados del Arsenal y del PSG que vuelan desde Budapest para seguir quemando las calles de las banlieue o para dejarse mecer por la noria que ahoga al Támesis. Ahora mismo 300.000 alumnos juegan al Tetris en su cabeza, viendo caer preguntas de matemáticas, lengua o historia, simulando que encajan sus piezas, las que, en un futuro, formarán los bloques de su trabajo. Ahora mismo hay gente en el mar Mediterráneo, muchos ciudadanos, mirando el cielo para ver si pueden tender la ropa o enconderse en un bunker de arcilla y olvido. También, ahora mismo, hay un equipo de baloncesto, en una modesta ciudad de un rincón de España, festejando su también humilde gesta. De esto último va la vida.

El baloncesto a ras de tierra se ve en dimensiones, en cortes arquitectónicos, diseccionados como si varios escenarios conformaran uno único, sin solaparse, cada cual en su propio juego

Tengo la tendencia de fijarme en los perdedores, de ausentarme por instantes en lo que acapara el protagonismo. Quizá porque he vivido ambos bandos y sólo tengo memoria para la derrota. Enfocar ahí, duele. En ese plano los hombros del último lanzador caen hasta rozar el núcleo de la tierra. La secuencia es dolorosa, y el llanto de tipos de dos metros y más de ciento diez kilos se suman al sudor, provocando un tsunami de tristeza inabarcable. El chico de veinte años consuela al de treinta, el chico que no ha jugado un minuto toca la pista de juego por primera vez para abrazar a un compañero roto, una secuencia cinematográfica que parece rodada en la playa de Omaha en el día D.

Pero antes de ver abatir al enemigo, en el fuego amigo, existen momentos donde el que al final gana ve todo perdido, está hundido, micromundo dentro de la victoria. En este supuesto, Pablo Osés me mira fijamente, sentado en el último hueco del banquillo, ausente por segundos, fuera de plano, pidiéndome clemencia, o simplemente un gesto de ánimo dentro del armisticio. Ni Pablo Cuevas, el general del ejército, sabe que está lesionado. Van perdiendo, nunca estuvieron delante. En ese momento alguien mete un triple, se sigue perdiendo, pero de menos. Pequeña batalla que hace ganar una guerra.

«El sudor, los aullidos y las lágrimas se refriegan dulcemente con una pelota de baloncesto»

Aunque has ganado, antes has sufrido, estabas en el envés de la foto, y ahí Jake Wojcik se lamenta la falta de oportunidades para su triple, vuelve al banquillo con ganas de coger un avión de vuelta para California. Ruslan ha pasado por lo mismo antes, y se miran intentando calmar las sensaciones. Quiere todos los negativos del partido para revelar imágenes con la copa de campeones. Gen ganador, vital para conseguir la foto de la victoria.

Decía Bobby Knigh que; la mayoría de las personas tienen el deseo de ganar, pero pocas tienen el deseo de prepararse para ganar. Cuevas, el entrenador del BCB mantiene la calma, sabe del talento de su equipo, confía en que están preparados para ganar. Mira a la mesa, a los árbitros, de reojo observa cómo está el banquillo, cambia el chicle de Ancelotti y los chupachups de Johan Cruyff por su rutina, a cada golpe otra mirada al techo del pabellón, para ver tiempo y resultado. Lo hace siempre. Después de deambular en el tanteo, el equipo se acerca. Leiro, serio tímido, vuela inexplicablemente para empezar a creer en la victoria, pasa del doctor Jekyll al señor Hyde en un segundo. Mate para soñar. Sharif se anima, y se vuelve una muralla atrás. Méndez aporta su clase, su presencia es clave aunque sus números no ayuden, el liderazgo sin necesidad de anotar. Los chicos de la cantera, Paredes, Nielsen o Paredes son un diapasón de emociones, desde el banquillo o desde la pista luchan, animan, se vienen abajo o se emocionan. Queda poco para la gesta. Alberto Díaz se hace grande e Isma Vázquez recuerda que los latidos del corazón bombean, robos, asistencias, puntos y ganas de gloria. Y por ahí anda, oliendo la remontada, con la sutileza, la elegancia y la sempiterna sonrisa, David Mejía, balones al de la República Dominicana, bolas al jefe y zas. El tiempo se detiene, cosas del deporte, cosas de la vida, cuando lo tenían todo en contra, la ilusión, el trabajo y la mística del baloncesto te otorga un pequeño laurel como triunfo.

El baloncesto a ras de tierra se ve en dimensiones, en cortes arquitectónicos, diseccionados como si varios escenarios conformaran uno único, sin solaparse, cada cual en su propio juego. En tu butaca de espectador se te cruzan por un lado los compañeros fotógrafos, seguidamente el árbitro buscando el momento de acción como tú, después los jugadores que andan más cerca del aro, y entre una maraña de jugadores simulando jugadas prediseñadas, el base subiendo el balón, que ves entre, rodilleras, agarrones, silbatos, objetivos de cámara, pantalones de colores, bloqueos con brazos llenos de cicatrices. Al fondo, la pelota más naranja que nunca, botando, difuminada entre los tatuajes de los gemelos del defensor. En ese trazo vectorial están meses de trabajo. El público lo sabe, y animan faltos de gestas deportivas en la ciudad y zas, dentro, lo que pasa en la cancha se vive como una explosión en la grada. En ese instante los árbitros desaparecen en sigilo, de a poco, y antes de que la afición asalte la pista, el otro equipo se desploma.

Todos lloran, unos por rabia y frustración y otros por rabia y alegría. Martín Fariñas, el presidente de la Federación Extremeña de Baloncesto y yo nos apartamos, nos damos las manos, como hacíamos hace años, pero en otros roles dentro de una cancha de basket. La gloria es para estos chicos, siempre, como recordaba antes, con la mirada puesta en los momentos de derrotas, de la que realmente se nutre la victoria, la que alimenta la humildad de los éxitos. Hemos vuelto, es hora de llorar.

Willy López / Fotografías. Javi Rodríguez y J. Cuadrado

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