Llego a Badajoz sin tener muy claro qué voy a ver. He oído hablar de la Semana Santa en España, pero lo que imaginaba, algo solemne, quizá distante, empieza a desmoronarse en cuanto cae la noche y las calles cambian. ¿Por qué hay tanta gente en silencio? ¿Por qué nadie parece tener prisa? De pronto aparecen. Filas interminables de personas cubiertas con túnicas, avanzando despacio, como si el tiempo estuviera medido de otra forma. Me pregunto quiénes son. ¿Actores? ¿Creyentes? ¿Vecinos? Más tarde entenderé que son todo eso a la vez: forman parte de algo que no tiene explicación, es una herencia que no admite preguntas.
Sigo caminando sin rumbo fijo y acabo frente a la Catedral de San Juan Bautista. Me dicen que todas las procesiones pasan por aquí, que es el centro de todo. ¿Pero por qué? ¿Qué significa realmente este recorrido? No obtengo una respuesta inmediata. En cambio, lo veo: un paso se detiene, los costaleros lo bajan lentamente, y durante unos segundos todo queda suspendido. Nadie habla. Ni siquiera yo, que no entiendo del todo lo que está pasando. Empiezo a hacerme otra pregunta: ¿esto es religión… o es algo más?
Porque hay algo que me desconcierta. No todo el mundo parece creyente, y sin embargo todos están implicados. Hay emoción, sí, pero también orgullo, costumbre, identidad. Como si la ciudad entera estuviera recordando algo importante sin necesidad de decirlo en voz alta.
Luego llega la música. No la esperaba así. Pensaba en algo lejano, casi decorativo, pero no: los tambores marcan el paso como un latido, las cornetas atraviesan el aire, y de repente una voz, una saeta, cae desde un balcón. No entiendo la letra, pero no hace falta. Algo en el ambiente cambia.
Al día siguiente descubro otra cara. Me hablan del Vía Crucis y voy sin saber muy bien qué esperar. Pero esto es distinto. Aquí no hay pasos: hay personas. Vecinos que representan escenas, miradas intensas, gestos que parecen reales. ¿Esto también forma parte de la Semana Santa? ¿Dónde termina la tradición y empieza el teatro?
Y sin embargo, no parece teatro. Nadie está actuando para impresionar. Todo se siente cercano, casi íntimo. Me doy cuenta de que no estoy viendo un espectáculo, sino participando en algo que pertenece a la gente que lo hace. A lo lejos, veo una hilera de gente cruzando el puente, atravesando el río. No entiendo nada, pero me siento todo.
También empiezo a notar otras cosas. Los bares llenos, el olor a comida que no reconozco del todo. Pruebo algo dulce, torrijas, y alguien me explica que durante estos días se come de otra manera, que hay platos que solo tienen sentido ahora. ¿Puede una fiesta religiosa tener tanto que ver con la comida, con el encuentro, con la vida diaria?
Poco a poco dejo de hacer preguntas técnicas, horarios, recorridos, nombres, y empiezo a hacerme otras más difíciles: ¿Por qué me emociona algo que no es mío? ¿Por qué entiendo sin entender? Quizá la respuesta está en cómo se vive. En cómo cada paso, cada calle, cada sonido parece tener un significado acumulado durante siglos. Me cuentan que esta tradición empezó en el siglo XVI, pero lo que veo no parece antiguo. Está vivo. Y entonces lo entiendo de otra forma.
No importa tanto saber qué representa cada imagen o cada momento. Lo importante es aceptar que, durante unos días, la ciudad funciona con otra lógica. Una en la que el silencio dice más que las palabras, en la que la lentitud no es un defecto, y en la que miles de personas pueden compartir algo sin necesidad de explicarlo. Cuando me voy, sigo sin tener todas las respuestas. Pero ya no las necesito. Porque la Semana Santa de Badajoz no se resuelve como una pregunta. Se queda contigo como una experiencia…y eso, para alguien que viene de fuera, es quizá lo más inesperado de todo.
W.L. / F.M.



















