, sigue inyectando arte desde el corazón de la ciudad. En esta ocasión, respira desde los pulmones de sus propios fondos, y recopilando en una primera selección de los Premios Ciudad de Badajoz, el centro cultural hace apnea para bucear con los grandes artistas que consiguieron recibir el veredicto del jurado de estos galardones.
En esta primera selección, su comisario, Julián Mesa, ha decidido componer el recorrido de del Espacio Santa Catalina con una exposición que reúne 14 piezas, 11 pinturas y 3 esculturas, de autores relevantes y reconocidos, entre los que figuran señalados artistas locales. De entre más de cien obras recopiladas y provenientes de ediciones del certamen de estos premios entre los años 2008 y 2024, ven la luz por primera vez para disfrute del público.
Esta exposición, como detalla Mesa, no es sólo una muestra donde poder ver el recorrido del certamen, sino también actúa como preludio a futuras ediciones que sumen como legado cultural de la ciudad y de esta manera se pueda visibilizar el arte contemporáneo dentro del rico patrimonio artístico de la ciudad.
Recorremos el espacio. Paseamos por la expo, intentando dialogar con las obras. Algunas nos sumergen directamente, en un espacio infinito, más concretamente en el 43, donde Cristian Gamón ha decidido mandarnos, entre brillos potentes y manchas insolubles. Otras obras simplemente nos acarician con su plasticidad, con la fragilidad de Estudillo Pérez. Otras, sin embargo, esperan que les preguntemos algo, como las plasmadas con rostros a sangre y pala del maestro Ángel Pérez Espacio, Nerea e Ismael. Cada uno vigía de su propio óleo, vigorosos y desafiantes, joyas de un paisano al servicio de una pared vip de Santa Catalina.
El espacio respira, y una pequeña figura juega a ser mayor, la obra de Julián Calatrava Weber, nos espera cerca del ábside, y nos ayuda a buscar el sapo de Rodrigo Romero, ambas figuras dispuestas a seguir el último movimiento establecido por los artistas para cuando el horario de cierre lo permita.
Y seguimos andando, y bailamos al ritmo de la cumbia de Simón Zabel, un algoritmo secuencial que presume desde el retablo junto a las Valquirias de Albano Hernández.
El resto es saltar de obra en obra, presumiendo de las divagaciones siderales de un caballo del extremeño Alejandro Calderón, o las caricias de una mano sesgada de cualquier David de este siglo de José Manuel Martínez Pérez.
Las obras de Ana Hernández del Amo y María Luisa de Mendoza, son las que mantienen la calma, o la que la destruye según se mire, líneas arquitectónicas para formar estructuras de plasticidad armoniosa, con sombras de delineantes y matices pictóricos de recuerdos atávicos.
Y por allí anda el violento Cayetano de Jesús Zurita, con rojo bicho y flora trepadora y trepidante transformación. Cerca está el derrumbe de ripios de un Flatness Hering, un trazo abandonado del villanovense Manuel Vilches, actuando a la vez tanto de artificio o trampa ilusoria como de continuación de una perspectiva de la verdadera arquitectura. Una joya en trampantojo que cierra de manera muy digna una exposición, de la que más allá de nuestro viciado recorrido, merece ser vista por miles de ojos diferentes, mucho más oxigenados. Una trasfusión necesaria para que ARTERIA siga bombeando arte.


















