Yo conocí a Elías González en Vórtice. Lo conocí por el olor de linimento que había heredado de su padre. Lo conocí en un cameo de cine. Él de chulito y yo de arte. A Elías lo conocí en casa, en el zoo, de botellón, de Coriolano, en el Deportivo del Jamón, mugiendo como una vaca pariendo, con chaqueta de pana de un miembro de los GAL y suspirando con foquistas, periodistas, actrices y taquilleras. A Elías lo conocí en algunos párrafos de Julio Llamazares, siendo un chico mayorguiano de la última fila, en ciertos escondites del López. A mi querido Elías lo conocí cantando boleros, robando Canogares, pintando Úrculos, encerrando jugadores en unos vestuarios repletos de ilusión, miedo y humedad. A Elías lo conocí riendo, siempre riendo, o esa media sonrisa. Y así me lo imagino, pensando en su Eduard Fernández, escribiendo doscientas veintitantas páginas con esa media sonrisa. A este tipo entrañable lo conocí en el desnudo de su última novela. En un Yo, Eduard, donde la ficción se convierte en cotidiana, en ir corriendo por una ciudad compuesta por un origami de todas las provincias de España, donde la cocaína, los buenos días y Rajmaninov hieden a cantautor, torero alelado y bocadillo de calamares. Un poquito de Santiago Lorenzo, una pizca de Mendoza, un aderezo de Vila-Matas y un recuerdo, largo, agonizante a veces, emotivo otras muchas, del Cerebro González.
¿Por qué los niños quieren seguir siendo actores? ¿Por qué no les enseñan, desde muy chiquitos, que el actoral es un mundo lleno de sinsabores, de hipocresía, cinismo, frivolidad y desencanto? ¿Por qué no los disuaden de buscar seguidores en sus redes sociales para entrar como cohetes en el reputado mundo del cine español? ¿Por qué?
Porque a veces, y solo a veces, se atisba en la lejanía el brillo que da el placer de la transmutación, de jugar a ser otro sobre un escenario o delante de una cámara. Ser otro. Ser uno de los grandes. Y en la persecución de ese fulgor a uno le puede ir la vida entera o solo unos segundos, que también es una vida entera.
En Madrid, en el barrio de Lavapiés, Lorenzo Miñambres llevará a cabo una de las encarnaciones más insólitas desde que se inventó la actuación. ¿Quién inventó la actuación? ¿Los griegos? Pues desde los griegos.
Yo, Eduard.
Eolas Ediciones. Elías González Cano. Actor y escritor.
Willy López / Félix Méndez











