Si leen algo de la España vaciada, miren para otro lado, háganse el longui. No merece la pena, al menos por unos días, no es un tema para bromear. Si leen que Extremadura se despuebla, ya estamos tardando, pongámonos a la faena. A pesar de lo aberrante de sacar el mes sin apuros, estrujar la cartilla y alargar la mano a la parte más profunda del frigorífico a la búsqueda de restos que cocinar. En época de feria, en la de San Juan, concretamente, el sol no da para pensar, la noche se hace enana y el clima, en esta tierra, sólo fustiga a palos un calor solsticiero y esclavo.

La noche de San Juan está rodeada de un halo de tradición, simbolismo y creencias populares que han perdurado generación tras generación. Hemos pasado de cortarnos el cabello esa noche, con la creencia de que crecerá más fuerte y sano a dedicarle cinco horas al secado de mechas californianas. Hemos pasado de introducir un huevo en un vaso de agua y dejarlo reposar hasta el amanecer para ver en la clara una especie de augurio sobre el futuro a hacer botellón entre ruinas de cartón piedra, el doble de fotos de Puerta de Palmas y los puestos de mimbres y juguetes de contrabando. Hemos pasado de entender los poderes extraordinarios del agua durante esta noche mágica, donde se lavaban el rostro con agua recogida al amanecer o recolectan plantas aromáticas convencidos de sus virtudes protectoras a meternos otros líquidos elementos a ritmo de cualquier estribillo ininteligible de cualquier conejo malo con micro en una caseta del ferial.

Tradiciones que se balancean con el paso del tiempo, algunas creando alguna pelotera, otras, cuestión de Estado, afloran para los más de 150.000 seleccionadores de fútbol que posee la ciudad. Fuegos artificiales sí, OTAN no. Tratamiento antimosquitos sí, Falso nueve no. Gigantes y cabezudos sí, palco vip para niños en los toros no y así hasta reventar las redes sociales aprovechando los 40° a la sombra. Pero todo pasa, y queda las ganas de descansar de la maratón del año académico o laboral, y arrancar el verano con ganas.

Para ello, volvemos a pisar tierra de frontera, sobre la misma línea que en un mapa delimita España con Portugal, y encima de esa cartografía, retomamos el silencio de las alturas de la noria, jadeante, dando vueltas, durante diez días. Nos fijamos en los premios de las tómbolas, verdadero IPC nacional donde el electrodoméstico de moda y el peluche de turno dirimen el devenir social del país. Rozamos las casetas y el buen rollo del personal. Descubrimos los nuevos colores de los algodones de azúcar, la desaparición de la manzana caramelizada, los puestos clásicos de churros, pinchitos, vino dulce y kebab de faralaes. Con nostalgia, descubrimos que el circo es el mismo de siempre, al menos la carpa por fuera, el interior es misterio per se. Y como cantaba Porrina de Badajoz, mañanitas de San Juan y un torito de cabrera, le hizo bailar la matraca…Todo eso en un ambiente de una feria poblada, con conciertos, bailes y paseos. Un ejemplo de cómo llenar la demografía cuando existe ilusión, aunque sea por un rato.

Willy López / Félix Méndez

Con el territorio, la sociedad

Y la Cultura

  • Publicidad Cáceres 2031
  • Publicidad Pasión por la cultura
  • Publicidad Diputación de Cáceres
  • Fundación CB
  • La Bodega de Santa Marina - tienda de vinos