Quedamos el 15 de agosto. Día extraño para una entrevista. Sobre todo, en la ciudad de Badajoz, en Extremadura. Los días previos, David Uclés no podía, aún estaba reclutando regulares marroquíes para la causa. Yo sigo sitiado, con tantos grados en la calle, que metido en una tahona, uno llora de emoción al sentir algún grado menos embadurnando en masa madre. Asa nisi masa que canturreaba Federico Fellini. En esas estamos, refugiados en nuestro propio código, cosas de críos, para conjurarnos del fuego enemigo, el real y el dialéctico, el de las vidas minadas y la metralla verbal. Han dejado de sonar las sirenas antiaéreas, Carlos Haya se tomado un descanso, salimos del bunker, un sótano con dos latas de judías, una botella de vino y camisones del SES de segunda mano. Nos sobra el resto.

Pero volvamos al inicio, ese día de matanza, de unos y otros, de miedo y odio y de frontera con café de puchero portugués, de mucho ruido, y de pronto, un silencio aterrador. David Uclés es de Úbeda, un pueblito de Jaén, sabe de ambas cosas, del ruido de la verbena del 1936 y el silencio del 2025. Es joven, pero ha tenido la fortuna de decidir los años en qué vivir, una especie de habeas corpus para elegir cien años al voleo, una Erasmus sin créditos, una tapa de un yogur Yoplait con un premio a elegir. Lo dicho, mañana escribo de tu pueblo, me dice. Ciudad, le corrijo. De tu pueblo, insiste. Uclés es joven y le permito la afrenta. David también tiene ese don, el de batallar con la semántica a su antojo, como el «Canino» de Yorgos Lanthimos, tipo con suerte. Dicen que es el mejor libro de estos últimos años, lo dice todo quisqui, de un lado y de otro, yo le quito importancia y le digo que le faltan trescientas páginas a su novela para ser redondo, me contesta que es el número exacto que ha quitado para que después de quince añitos escrita para que alguna editorial se aventurara a publicarla. Le digo que le falta mundo, que su novela es un Pedro Páramo en Macondo. Me dice que mundo no, pero España se la ha recorrido entera, y que de tocar en Galicia para sobrevivir y pinturear para sacarse unos cuartos sabe tela. Silencio. Aterrador, como el de los días previos y los años posteriores.

 

Nos arremangamos las camisas, rellenamos de agua el serón, nos atamos los zapatos de piel de borrego viejo y nos echamos el fusil al hombro, yo para disparar preguntas y David para pasar las escobillas a sus respuestas. Fuego cruzado, Uclés aún no sabe que ganará el premio Dulce Chacón, tampoco que su próxima novela será editada en medio mundo y no la entenderá nadie, ni Paul Preston, David no sabe que leí su manuscrito cuando Siruela aún rezumaba olor a Jacobo. Tampoco sabe que aquí casi nadie habla del tema. ¡Maldita memoria, menudo olvido! me grita antes de empezar. La península sigue en pie, pero las casas, a pesar del buen precio de alquiler del que gozamos, siguen yermas, vacías.

David Uclés no es un nombre que pase desapercibido para quien haya seguido los últimos movimientos literarios en España. Con una obra que combina la memoria histórica, el realismo mágico y un compromiso brutal con la palabra escrita, su novela La Península de las casas vacías, se ha convertido en una de las revelaciones más comentadas del último año y medio. Con motivo de su paso, físico y literario, por Extremadura, hablamos con él sobre los orígenes de esta obra, su vínculo con la Guerra Civil, la acogida del público y su forma tan personal de entender el arte como un acto de resistencia.

El largo viaje hacia la publicación

David, desde el lanzamiento de tu novela en marzo de 2024 hasta ahora, has vivido un proceso vertiginoso: múltiples ediciones, reconocimiento, lectores fieles. ¿Te imaginabas algo así después de tantos años de trabajo silencioso?

No, sinceramente no. Cuando terminé la novela, lo que sentí fue alivio, satisfacción… pero también una enorme incertidumbre. Llevaba años —más de quince— intentando que me hicieran caso en el mundo editorial. Fue muy frustrante, porque nadie apostaba por un manuscrito así: largo, ambicioso, escrito por alguien sin respaldo previo. Pero seguí. No tenía síndrome del impostor, porque sabía el trabajo que había detrás. Me esforcé mucho y lo escribí con total conciencia de lo que quería. Si a alguien le llegaba, me alegraba por el libro, no tanto por mí. Porque este libro, si gusta, puede aportar algo. Tiene mucha información, muchas capas. Por eso me siento tranquilo: porque está hecho con verdad.

 Mencionabas alguna vez que trabajabas por las noches, cuando todo el mundo dormía, incluso mientras atravesabas momentos personales difíciles.

Sí. Me acuerdo de escribir desde las doce hasta las cuatro de la madrugada. Me quedaba solo, y esa soledad tenía algo de sagrado. Cada noche era una batalla: decía, “venga, hoy toca la batalla del Jarama”, y me encerraba ahí, como si fuera el último cuadro de un mural. Incluso sin saber si algún día me publicarían.

El libro y su contenido

Tu novela es un híbrido entre el realismo mágico y la guerra civil. Has dicho que no se parece a ningún libro, que es más bien como una pintura. ¿Por qué esa mezcla tan arriesgada?

Porque es como entiendo la historia. Porque la guerra civil ya ha sido contada mil veces desde lo documental, lo político, lo histórico. Pero nadie la ha contado desde lo mágico, desde lo simbólico, desde lo emocional. Y eso también forma parte de la verdad. A mí me gusta pensar que la novela es como «El jardín de las delicias» de El Bosco: caótica, excesiva, llena de símbolos, pero real.

¿Y cómo reaccionó el mundo editorial ante esa propuesta?

Mal. Imagínate: un autor desconocido, mil páginas, realismo mágico, guerra civil… Muchos ni se molestaron en leerla. Yo les mandaba el manuscrito entero, sin recortes, sabiendo que era un suicidio. Pero también tenía claro que si se publicaba, sería con una editorial grande. Si no, no lo hacía.

 

La acogida: públicos mayores y traducciones

Uno de los datos que más me sorprende es que tu público mayoritario es de más de 40 o 50 años. ¿Por qué crees que los adultos han conectado tanto con la novela?

Porque vivieron —o heredaron— el eco de la posguerra. Reconocen los olores, los dichos, los personajes. Me han dicho muchas veces: “hueles bien en el libro”, y eso es lo más bonito que me pueden decir. Las generaciones jóvenes están llegando poco a poco, pero cuesta más. Quizá porque no tienen ese vínculo directo con el momento histórico.

¿Y cómo ha sido el proceso de traducción?

Duro y divertido. Por ejemplo, la traductora italiana no entendía qué significaba “cipote”, que en mi pueblo es «tonto», pero claro… no tiene sentido fuera de ahí. He trabajado mano a mano con ella para encontrar equivalencias, para que la esencia no se pierda. Y sí, creo que la novela se va a entender fuera. Al final, como con «La fiesta del Chivo» de Vargas Llosa: tú no necesitas conocer a Trujillo para que la historia te impacte.

La memoria, la historia, el silencio

David, hay un momento en el libro y en tus entrevistas donde señalas que, curiosamente, fuera de España —en Italia o en Francia— sabían más de la Guerra Civil que tú mismo antes de investigar. ¿Cómo viviste ese descubrimiento?

Fue una mezcla de vergüenza y revelación. Cuando vivía en Italia por estudios y luego en Francia, me di cuenta de que la Guerra Civil era conocida, analizada, y muchas veces mejor comprendida que aquí. Me dolió. Me di cuenta de que había crecido con un silencio enorme, que no era solo familiar o escolar, sino nacional. Así que empecé a leer, a buscar, a escuchar.

Un día me di cuenta de que tenía que escribir sobre ello. No una crónica, no un ensayo, sino una novela, porque la novela permite lo simbólico, lo emocional, lo profundo. Y también lo mágico, que es mi forma de explicar lo inexplicable.

Pero en España el silencio sigue, ¿verdad? Incluso hoy, con los libros, con los homenajes, sigue habiendo trabas.

Completamente. Hace poco, por ejemplo, en Badajoz fui al Palacio de Congresos donde hay un rincón dedicado a la memoria histórica. No me dejaban pasar. Estuve casi una hora intentando convencer a los de seguridad, hasta que una trabajadora me coló. Fue surrealista. ¿Cómo es posible que siga doliendo tanto mirar al pasado? Y lo peor: hay gente negando los hechos, negando fusilamientos, negando lo que pasó. Cuando estuve escribiendo el libro, busqué a testigos. Uno de ellos, un hombre de cien años, me miró y me contó lo que le contaron sus padres: lo que pasó en esa plaza, esa noche. Esos testimonios valen más que cualquier documento manipulado. La verdad, si se escucha, aparece.

La dificultad de escribir sobre la Guerra Civil

 «Es el tema sobre el que más se ha escrito en España, pero también uno de los que más se niegan todavía. Hay documentos, testigos, evidencias. Y aún así, sigue habiendo quien lo niega todo.»

Uclés habla con claridad sobre la necesidad de revisar la memoria histórica. Él mismo se encontró con la resistencia institucional o con comentarios negacionistas en redes tras la publicación de artículos críticos. Lo cuenta con calma, pero con contundencia: “En Guernica nadie duda. En Argentina han exhumado cada hueso. Aquí aún estamos así.”

La mujer como núcleo de la novela

Queríamos hablar también de la parte femenina de tu novela. Desde nuestra línea editorial intentamos visibilizar autoras y miradas que históricamente han sido silenciadas. En tu obra, la mujer no solo está presente: es columna vertebral.

Lo es, porque así fue la historia. Las mujeres sostuvieron este país. Cuando los hombres estaban en el frente o en la cárcel, ellas levantaban las casas, criaban, curaban, organizaban. Y luego, además, pagaban un precio altísimo: fueron humilladas, violadas, olvidadas. Así que merecían un protagonismo absoluto. Pero no solo en lo testimonial, también en lo artístico. Investigué mucho sobre mujeres escritoras, pintoras, músicas, que fueron borradas. Y quise que el libro también fuera una especie de homenaje a esas figuras ocultas.

¿Te inspiraste en alguna artista concreta?

En muchas. Pero una que me marcó fue Rosa Chacel. Su figura aparece como un eco, como un fantasma que sobrevuela. También pensé en mujeres de mi propia familia: madres, tías, vecinas… esas que nunca publicaron, nunca firmaron un cuadro, pero eran poetas de la supervivencia.

Música, pintura, calle: el arte como resistencia

¿Crees que tu formación como músico y pintor ha influido en tu forma de escribir? Porque hay una musicalidad, una textura, en tu prosa.

Sin duda. Durante muchos años, lo que me permitió comer fue vender cuadros o cantar en la calle. Pasaba los veranos en Santiago de Compostela, y durante cien noches al año cantaba sin parar. Esa vida te imprime algo: una cadencia, una mirada, una resistencia. La música y la pintura me salvaron. Me pagaron el alquiler, me dieron dignidad. Y eso, de alguna forma, está en el libro: el ritmo, los silencios, las imágenes, los colores. Incluso en los momentos más duros, hay una belleza que tiene mucho que ver con esas artes.

“He vendido más de 300 pinturas en verano. He tocado en la calle 100 días seguidos para pagar el alquiler. La música y la pintura me han mantenido con vida.”

Cuando le preguntamos por la melodía y la plástica de su novela, se ríe. Pero enseguida responde en serio. Su vida artística ha estado marcada por la necesidad: pintar para comer, cantar para sobrevivir. Todo eso se ha filtrado, inevitablemente, en su manera de escribir.

Proyectos futuros: entre becas, memoria y península

Hace poco mencionabas una beca, un nuevo proyecto titulado «Niños jugando en las ruinas». ¿Puedes contarnos algo más?

Es un proyecto que surgió antes del boom de la novela. Lo pedí sin saber si tendría suerte, y la tuve. Me dieron una beca para diseñar una novela nueva, y lo que he esbozado hasta ahora es una continuación emocional y estética de la anterior.

«No puedo contar mucho aún, pero sí te digo que volverá el realismo mágico, que recorrerá otra parte de la península, y que profundizará más en la posguerra. Hay personajes nuevos, pero el mismo pulso: una mirada crítica, poética y muy humana de lo que fuimos y, quizá, seguimos siendo.»

Una mirada honesta y necesariaDavid, para terminar: ¿qué te gustaría que quedara de tu obra dentro de 20 o 30 años?

Que se recuerde como un intento honesto de contar lo que nadie quería contar. No sé si lo logré del todo, pero lo intenté con todo lo que tenía. Que alguien en el futuro lea el libro y diga: “aquí había verdad”. Y que, ojalá, sirva para que las nuevas generaciones comprendan mejor lo que pasó, lo que nos callamos, y lo que aún está por sanar.

Página 700. Mapa de Jándula y Fin.

David Uclés es, ante todo, honesto, como su verbo. Hablamos durante más de una hora, a ratos entre risas, a ratos con una seriedad contenida que pesa como un plomo. Tiene clara su misión: contar lo que no se ha querido contar, escribir lo que aún escuece. Y hacerlo desde la belleza, sin renunciar al dolor.

“Lo que me reconforta es que ahora sé que puedo escribir otras 700 páginas. O 100. O las que vengan. La ambición y la energía las tengo.”

Willy López / Félix Méndez

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