Piornal no celebra: ajusta cuentas con la historia. Jarramplas es violencia ritual, es fe a pedradas, es un pueblo entero disparando memoria a bocajarro. Aquí no hay folklore amable ni postal turística: hay nabos como balas, brazos tensos, dientes apretados y un solo cuerpo aguantando la embestida de todos. El tambor no anima, condena. Marca el paso de alguien que entra sabiendo que va a ser triturado, señalado, machacado… y aun así avanza.

Aquí, Jarramplas es castigo y orgullo, es sacrificio público, es identidad a golpes. La máscara no protege: desafía. El traje no adorna: absorbe. Cada impacto es una promesa cumplida a los que estuvieron antes y a los que vendrán después. Esto no va de entenderlo, va de sentir el impacto en el pecho. Piornal lanza porque cree, porque recuerda, porque no se rinde. Quien no crea en ello, que no mire, se dé la vuelta y sienta el rumor de nuestros ancestros.
Aquí, el traje de Jarramplas no está gastado: está curtido. Cada cinta es un historial de impactos, cada mancha una firma del pueblo. No es vestimenta, es armadura blanda hecha para encajar golpes y seguir de pie. Huele a nabo, a sudor, a enero y a promesa cumplida. Aquí no se lava la historia: se acumula. No hay rotos, hay cicatrices. No hay desgaste, hay respeto ganado a base de impacto. El traje pesa porque carga con años de rabia ritual, de orgullo lanzado a bocajarro. Cuando Jarramplas se lo pone, no se viste: se ofrece. Y cuando termina la fiesta, el traje no descansa… espera el próximo asalto.

Aquí no se señala a dedo ni se improvisa: Jarramplas no se nombra a la ligera: se asume con respeto y con coraje. Sale de promesa, de devoción o de una deuda personal con la tradición. Nadie entra por postureo. El que se pone la máscara sabe a lo que va: a aguantar por todos. Y cuando el nombre se dice en voz alta, ya no hay marcha atrás. No es un honor cómodo; es un compromiso que pesa.

A su lado están los mayordomos, columna vertebral de la fiesta. Son los que sostienen, organizan y empujan cuando el cuerpo y la cabeza flojean. Entre ellos está Lucía, y no como excepción ni adorno, sino como lo que es: parte del núcleo duro. Se le nota en la cara, en esa emoción que desborda, con su madre detrás mirando como solo miran las madres cuando saben que lo que viene es grande. Ahí hay orgullo, nervios y verdad. De la que no se ensaya.
Aquí no se lanza por lanzar. Hay código. El nabo no vuela al azar: se apunta con intención. Se agarra firme, se mide la distancia y se espera el segundo justo en el que Jarramplas entra en tu radio. No es rabia ciega: es ritual aprendido, repetido año tras año. El brazo no tiembla. Se lanza seco, directo, sin florituras. Aquí no hay parábola bonita: hay impacto.

Se tira cuando está cerca, cuando se le ve la cara detrás de la máscara, cuando el tambor avisa de que ya lo tienes encima. Nada de espalda, nada de traición: de frente y a la máscara. Porque esto va de encarar lo que viene, no de esconderse. 30 toneladas de metralla vegetal. A 1175 metros de altura.
Las calles mandan. Los veteranos enseñan sin hablar. El ritmo lo marca el tambor y la masa. Es repetición, tensión y descarga. Una coreografía salvaje donde todo el mundo sabe qué hacer, aunque nadie lo explique. Porque en Piornal el lanzamiento no se aprende en papel: se mama. Aquí no se tira para hacer daño. Se tira para cumplir el rito.Y cuando el nabo impacta, no es violencia: es tradición volviendo a caer, una vez más, sobre Jarramplas.
Este año Jarramplas tiene dos nombres que no se olvidan: Marcos Moreno y David Ramos. Dos tíos metiéndose de frente en algo que no se reza, se soporta. Lo suyo no es fe bonita ni promesa cómoda: es agitación contenida en la garganta, mandíbula cerrada y la certeza de que el cuerpo va a cobrar cada impacto. Da igual, ellos siguen firmes, entrando, recibiendo, sufriendo, disfrutando. Una lucha diablesca de ladrones, pastores y muchos siglos de misterio. Para David, vestirse de Jarramplas es un orgullo, de pequeño tenía ese sueño, y la oportunidad de vestirse con su amigo Marcos se traduce en emoción. Sus propias palabras destilan esa exaltación personal pero también la de sus amigos, familiares y mayordomos que se han vestido reflejando la misma felicidad que él. El sentimiento de salir de la puerta de la iglesia, de aguantar los golpes, de ver al pueblo contento y ser Jarramplas todos los años es algo indescriptible para el joven Marcos, que desea serlo todos los años, pero la lista de espera es larga, inalcanzable, hasta el 2060, una odisea hermosa.

Marcos y David no hacen historia: la cargan. Se ponen la máscara y se convierten en diana consciente, en carne ofrecida a una tradición que no pide permiso. Aguantan por el pueblo entero. Lo que llevan encima sobrepasa la fe porque la fe no pesa así, no duele así, no exige este nivel de entrega. Aquí no hay heroicidad de escaparate. Hay aguante bruto, orgullo que no se explica y emoción que no se esconde.

Repetimos, con la misma insistencia de los que lanzan nabos, aquí en Extremadura, en Piornal no se juega: se embiste. Jarramplas no es una fiesta, es un desafío a pecho descubierto contra el invierno y contra el miedo. Es el tambor que retumba en las costillas, el traje de cintas que sangra nabos, la máscara que aguanta la lluvia de golpes mientras el pueblo ruge. Aquí no hay espectadores tibios: hay gente que apunta, lanza y defiende una tradición a base de orgullo. Jarramplas cae, se levanta y vuelve a entrar, porque así se escribe la identidad: a base de impacto y resistencia.













